La marea roja (y gualda)

Lejos de ser una plaga del Antiguo Testamento, una marea roja inundará, como si de un tsunami se tratara, las calles de Madrid, de Ciudad Real, de Sevilla, de Vetusta y de Fuenteovejuna y quizás, por qué no, algunas zonas de Barcelona, de Bilbao o de San Sebastián, pero sin pasarse, que la patria chica pesa, y hay que respetar las formas, oigan. ¿Banderas rojigualdas? Sí, pero con txapela o barretina.

Madrid, presumiblemente, acogerá la boda entre Cibeles y Neptuno, banquete y cura laico-futbolero incluido. La capital del consistorio anabotellesco no se ha recuperado aún de la resaca del botellón, tan gay, tan colorido, tan comercial, tan sucio, tan vicealcalde de Madrid, Miguel Ángel Villanueva. A ver si paga los 300 euros de multa por beber en la calle. En la puta calle.

Una marea roja, decía, como cuando las aguas se transformaban en sangre, allá en el Egipto paleomubarak, por voluntad de ese Yahvé iracundo, guerrero y seguramente sin circuncidar. Una marea humana, en la que la hemoglobina, los glóbulos rojos, las plaquetas y los glóbulos blancos hervirán cada vez que Cesc remate a puerta, cada vez que Casillas detenga milagrosamente un gol cantado, cada vez que Torres falle una ocasión clara -esto último, si juega, ocurrirá unas cuantas veces-.

Algún “¡negro de mierda!” se le escapará al cincuentón uniformado de rojo y azul si Balotelli nos marca. Algún “desgraciaos, os llevaba a vendimiar” gritará el agricultor manchego si Italia nos dará una paliza. “Esta semana se acabaron los macarrones”, le dirá la buena madre a sus retoños si los azzurros nos ganan.

Y yo, anestesiado -me he dado cuenta de que soy más del Real Madrid que de la Selección Española, y pónganme a parir todo lo que quieran, que me resbala, como un suelo lleno de cáscaras de plátano-, les deseo lo mejor a esos once aristócratas de camiseta roja que jugarán, esta noche, en la Ucrania de las torturas tymochenkas. No por ellos, que se van a llevar un pastón, sino por esos cientos de miles de almas que, con la que está cayendo, depositan su fe, su ilusión y su entretenimiento en el fútbol patrio eurocopero.

Anuncios