La prima Condesa

Uno se da cuenta de que ha abusado del garrafón del Palace o del Moondance cuando quiere acordarse de algo, elegir un número cardinal para concretar una fecha y, tras pasar un buen rato de divagación, de estrujamiento cerebral, de tostón reflexivo, vuelve al punto de partida, del de donde, en realidad, nunca ha partido, y resulta que sigue quedándose en la duda. Por tanto, lo dejamos en que hace tres o cuatro años, no sé, caminando por la calle Preciados, me encontré a mi amigo David García vestido con una camisa roja de leñador –que no de leñador rojo, aunque lo mismo- y colgando uno de los bigotes más negros, poblados y feos que he visto en mi vida. Parecía el vello púbico y sucio de una aborigen amazónica. El motivo de ese gato negro putrefacto era, me dijo, el de hacer la gracia en el cumpleaños de Lara, la novia de su amigo José/Soto. Me propuso que fuera con él y yo acepté de buen gusto, imaginando el proceso inquisitorial, el sambenito atroz, el escarnio público que generaría en el personal su mostacho. Como en las últimas películas de Woody Allen, la cosa no fue para tanto.

David y yo nos plantamos en la Cervecería San Julián, que está en la calle de Alberto Aguilera, frente a una universidad a la que van a estudiar pijas que huelen muy bien y que están tremendas. David me presentó al personal, saludé a José/Soto, felicité a Lara, me pedí una caña, José/Soto y Lara soltaron un “¡ah, que tú eres el Francesillo!”, formaron con David un trío del descojone, yo les miré con cara de perdido, como Lucía Etxebarría dando un paseo por la Real Academia de la Lengua, me pregunté “¿qué coño?”, les pregunté “¿qué pollas?”, y entonces se apareció en mi mente la explicación y me recordé, Umbral mediante, que, en primero de carrera, David me puso de mote “Francesillo”, como el niño pícaro y recadero de putas de las novelas del citado escritor. Ah, claro, jaja, sí, ahora caigo.

Proporcional a los centilitros, decilitros y litros de alcohol que entraban en mi cuerpo caña a caña, como dirían los Estopa, fue el aumento de la confianza, de la risa, de la guarrería, del desafío. A Lara le conté desventuras sexuales, de esas en las que yo salía perdiendo siempre, y ella respondía con burradas. Con José/Soto hablé de Bob Dylan. Recuerdo que me puso a prueba: “Illo, venga, dime diez canciones de Dylan, pero no me vale ni ‘Like a rolling stone’, ni ‘Blowin’ in the wind’, ni ninguna de esas”. Yo le enumere las que conforman Time out of mind, publicado en 1997. José/Soto se rió y me dijo: “Bueno, bien”.

Aquella noche finalizó en el Mona Lisa, un local que está entre Tribunal y Bilbao, frecuentado por hipsters, por estrechas, por hipsters estrechas y por estrechas hipsters. Todo en plan homogéneo y moderno. Bailé mucho con Lara, le tiré los tejos a un par de tías del local, me comí los mocos. José/Soto me retó, si besas a David te invito a una copa, y el por entonces Nietzsche de Algeciras, implacable y furtivo, como el cazador de Jumanji, me besó inesperadamente, buah, qué asco, y el personal partiéndose el ohio, y yo reclamando mi copa, y José/Soto: “Una polla, ha sido él quien te ha besado, no tú”.

Luego David me invitó a la copa. Menos mal.

Nos caímos muy bien, nos agregamos a Facebook, nos vimos ocasionalmente, nos fuimos haciendo amigos, nos hicimos amigos, empezamos a quedar más, y así. Cada encuentro con Lara degeneraba -y degenera- en una maravillosa conversación en la que, lo raro, era -y es- que no se sacara a colación el sexo anal, el sadismo, mis nuevas desventuras sexuales, habituales, diferentes, literaria y jodidamente reales. Ella opinaba –y opina- y aplicaba –y aplica- moralinas/moralejas amorales, como un negativo de Samaniego. Alguna vez he pensado en llevarme la grabadora y almacenar estas charlas, para después transcribirlas y recopilarlas en un libro de relatos.

El caso es que cada vez nos fuimos viendo más, y las conversaciones guarras, en estos encuentros, se convirtieron en un hábito. En primavera se me ocurrió un relato obsceno, surrealista, homosexual y porno; Lara me dio, generosa, lírica y vírica, el título: La mitad del cromosoma. Poco después nació Veso Negro, y con ellos Sir Filis, Fígaro Caliente, Candy Daisy, Gone O’Real, Ricky Herpes, y esta fauna, y como dos cerdos que se regodean en la dulce mierda, eufóricos, sucios y felices, mi prima -porque desde hace unos meses es mi prima extraoficial- y quien les escribe nos regodeamos porcinamente, nos bañamos, nos cubrimos de literatura, de copas, de amistad, de consejos –suyos para mí, yo aconsejando soy peor que un asesor de Ana Botella-, de risas, de minutos, horas, semanas, meses, y años, y en esto, ¡hostias!, que es 8 de agosto y la Lara los cumple.

Mañana saldré de fiesta –como mínimo- con David, con José/Soto y con Lara. Creo que también se vendrá el niño Nieto. Celebraremos el cumpleaños de mi prima, nos abrazaremos, disfrutaremos de la noche, nos tomaremos unas copas, reiremos, habrá conversación sórdida y chistes de color verde oscuro, me llamarán Francesillo y yo les recordaré lo que me dijo el miércoles Raúl del Pozo: que no tengo cara de pícaro, sino de “play boy manchego”. Y ellos se descojonarán, a ver.

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