Lo más parecido a un hermano

Lo más parecido a un hermano (masculino, singular) que yo tengo se llama Francisco García Valenzuela MongePaquillo, en lo habitual. Tengo una hermana, claro, y la quiero como tal, hasta el hueso, con pasión infinita. Pero la camaradería, el consejo machorro, el hecho de haber compartido noches, piso, miedos, consejos, botellas y momentos clave de la vida -suena cursi, pero las cosas son como son, y punto- durante 7 años de amistad pura, ininterrumpida y creciente, hacen que no pueda referirme a Paquillo sólo como un amigo, porque faltaría a la verdad y, lo peor de todo, me faltaría a mí mismo (soy un poco ególatra; es una pega mía).

El Paquillo se me va a Irlanda a cuidar a un viejo y a aprender inglés, huyendo de esta España que respira conectada a una máquina y que, en cualquier momento, puede empezar a emitir el timbre fatal y final de la muerte, el grito sordo de la revolución, o el suspiro que asiente y que se traduce por un “qué le vamos a hacer”. Yo, que no gasto de whatsapp, o como se diga/escriba, le dije ayer a mi hermana: “Oyes, pregúntale a Paquillo por su crema maquilladora”. Lo de la crema maquilladora no es ninguna mariconada. Ocurre que, el sábado pasado, Paquillo, Tomás y el menda salimos de fiesta por Granada. Paquillo me prestó un poco de su potingue y, bueno, se taparon los granillos, cogí color, y el resultado sexual fue, digamos, de notable -y no hablo más, porque no viene al caso-.

El whatsapp, decía. Yo le dictaba a mi hermana, que domina la cosa esta de la nueva telefonía móvil como los ángeles, y ella transcribía, y Paquillo respondía, y así. Tanto mi amigo como yo nos pusimos sentimentaloides, y mi hermana se rió, y yo, que acababa de llegar de hacer ejercicio, hice mi última tabla de abdominales -hay que eliminar el flotador del verano sea como sea- y me duché. No me gusta nada, no, mejor dicho, me toca los cojones sobremanera, que Paquillo se me vaya al extranjero por tantos meses. Ya lo hizo el año pasado, marchándose con su novia Noora a Finlandia, y hablamos por Skype, Facebook y todo eso. Nos volvimos a encontrar en Nochevieja, y luego no tardó en regresar a Madrid para terminar la carrera. Aquel primer exilio voluntario de Paquillo, por llamarlo de alguna forma, me escoció, pero como sabía que el escozor tendría fecha de caducidad, pues lo llevé bastante bien. Ahora se me va hasta no sé cuándo y, como ya he dicho antes, jode. Jode mucho. Sé que lo veré en Nochevieja, y sé que vendrá a Madrid y se quedará en mi casa cuando tenga que hacer exámenes, y sé que seguiremos hablando, charlando, confesándonos con elegancia y periodicidad, y sé que Tomás se me queda en el Foro, que eso también es un lujo, qué digo lujo, lujazo, oigan, no saben/sabéis (he perdido el hilo del tuteo) la alegría que me dio el Tomasín cuando me contó la noticia.

Pese a alguna diferencia, pese a algún debate, puedo afirmar con rotundidad que Paquillo es, de todos mis amigos, quien más se parece a mí, con quien más me compenetro, quien mejor me entiende. A una exnovia mía le inspiraba cierto temor, porque la fama de Paquillo, hasta que conoció a Noora, fue la de folletti, y claro, mi exnovia me decía que haber qué hacía, que haber qué bebía, que haber con quién hablaba: “A ver qué haces, a ver qué bebes, a ver con quién hablas”. Lo que no sé si sabía mi exnovia era que, precisamente, Paquillo fue mi freno en más de una ocasión, cuando la relación del uno con su una ya agonizaba, cuando iba al Palace o a Joy con los colmillos arañando el suelo y con quince o veinte copas de más, le tiraba a una guiri a los morros y, de repente, la mano del Paquillo agarraba mi cuello, como si yo fuera un perro con correa, me ponía firme y me decía: “¡No pongas los cuernos!”, y me soltaba un discurso moralista que me hacía sentir muy mal y que, a veces, derivaba en una llamada telefónica a mi ex, en plan: “jo, si estuvieras esta noche conmigo”.

Paquillo, aunque escribe peor que yo, es un maestro de la metáfora. Entre él y un servidor inventamos la “filosofía sexual de Jurassic Park”. La cosa comenzó hace un par de años, cuando vivíamos en la calle Ferraz. Pusimos unos vídeos en Youtube de Parque Jurásico y hacíamos comparaciones de nosotros mismos cuando entrábamos a ligar a una discoteca. Con la tontería, yo me quedé con el rol del Velociraptor, un bicho que, cuando divisa a su presa, mete la quinta y se lanza con las garras por delante y atacando a muerte, más hábil que fuerte, y con no tantas probabilidades de éxito como el T-Rex, pero sí que con más, por ejemplo, que el Compsognathus. Paquillo me decía que había que ser como el Dilophosaurus, el bicho que escupe veneno y que se come al gordo: aparentar que somos bonicos y, cuando la presa menos se lo espere, zas, a la yugular.

El fin de semana pasado se lo decía a Tomás y a Paquillo: con las cosas que nos han pasado, debería escribir un libro. Ellos, prudentes, optaron por la reserva, y yo que les respeto. Así, como han podido comprobar, en este texto no hay demasiadas intimidades ni situaciones comprometedoras. Pero sí que quería teclear unas mínimas palabras de homenaje, para que quede también por escrito, en plan contractual, como los matrimonios, que para mí, Paquillo, es algo más que un amigo -“no me toca nada y es mi hermano”, dice Sabina de Serrat en “Mi primo el Nano”-, que creo/sé que también es a la viceversa, y que pese, a que me joda la hostia en verso que se me vaya al extranjero, me alegro mucho por él, porque sé que es lo que él quiere y necesita.

Perdón por la mariconada.

paquillo-jesus-baile

Anuncios