Pasión y muerte de nuestro señor Mourinho

Escondo mi mourinhismo bajo un manto cobarde de vergüenza y resignación, camuflándolo entre mi admiración escatológica hacia Sonia Monroy y mi pasado de manifestante pro-15-M, antes de que la cosa derivase en San Isidros indignados, batukadas y demás gilipolleces. Soy del Madrid, apoyé a José Mourinho, fui el pez que nadó contracorriente entre familiares, amigos y desconocidos que decían que no, que el portugués es un chulo –que lo es-, un tipo despreciable –que lo es-, un entrenador mediocre –ni de coña-. Temo una marca como la de Caín, un sambenito inquisitorial o un brazalete en el brazo sin estrella de David pero con el gepeto del hombre más odiado por Diego Torres, periodista de El País, que no el cantante. “Tú eras de los suyos”, me reprocha la turba, y yo, negándolo por tres veces, como San Pedro negara a Jesucristo momentos antes de su muerte, ay.

La afición más gritona y pancartera del Bernabéu, especie en extinción, reniega del hombre más querido y aclamado por el madridismo en los últimos tres años, como los camisas viejas que se cambiaron de chaqueta al morir Franco, cantando “Cara al Sol” el 19 de noviembre del 75 y “La Internacional” dos días después. Madridistas, Mourinho no ha muerto, pero sí que se ha ido a otro mundo, manque le queden dos partidos de Liga que ni fú ni fá –si es que los dirige, porque el As le está preparando el terreno para ambos encuentros a Toril, técnico del filial-. Me pregunto quién hará el papel de Arias Navarro anunciando la marcha de Mou: ¿será Florentino?, ¿será Butragueño?, ¿será Iker Casillas?, ¿será Sara Carbonero?

José Mourinho, borde, claro, antipático y, a veces, hasta maleducado, lobo feroz y ángel caído, campeón caro para un balance de títulos objetivamente pobre –uno por año-, Toro de la Vega alanceado por todo Christopher prácticamente desde su génesis madridista, recibe el golpe de misericordia cuando humilla al Santo de Chamartín, y oyes, que con lo divino no se juega: la opinión pública/publicada tolera que el portugués desprecie a notas menores como Canales, Pedro León o Granero, critica, pero en plan light, la agresión a Pito Vilanova, se escuece cuando toca a Sergio Ramos, pero estalla, como una bomba de neutrones, bang, cuando el míster condena al banquillo a Casillas. Lo del affaire Pepe no duele tanto, porque el genial –en mi opinión- defensa está como medio loco, y por eso, quizás, merece más que se le castigue, o eso dicen.

Estamos ante la falsa pasión y muerte de José Mourinho, resurrección inmediata en el Chelsea incluida. El portugués acepta, disfruta y provoca su marcha no porque se lo exija el Padre –o sí, que Mou es muy catolicón-, sino porque es lo que quiere, porque le apetece cambiar el cielo sin estrellas de Madrid por la niebla pegajosa de Londres, porque no está a gusto, porque le da la gana, y porque considera que se merece un trato mejor, o no, no sé. A Ancelotti, este lunes, el Marca lo llama “El Pacificador”.

Con un par.

Anuncios

La marea roja (y gualda)

Lejos de ser una plaga del Antiguo Testamento, una marea roja inundará, como si de un tsunami se tratara, las calles de Madrid, de Ciudad Real, de Sevilla, de Vetusta y de Fuenteovejuna y quizás, por qué no, algunas zonas de Barcelona, de Bilbao o de San Sebastián, pero sin pasarse, que la patria chica pesa, y hay que respetar las formas, oigan. ¿Banderas rojigualdas? Sí, pero con txapela o barretina.

Madrid, presumiblemente, acogerá la boda entre Cibeles y Neptuno, banquete y cura laico-futbolero incluido. La capital del consistorio anabotellesco no se ha recuperado aún de la resaca del botellón, tan gay, tan colorido, tan comercial, tan sucio, tan vicealcalde de Madrid, Miguel Ángel Villanueva. A ver si paga los 300 euros de multa por beber en la calle. En la puta calle.

Una marea roja, decía, como cuando las aguas se transformaban en sangre, allá en el Egipto paleomubarak, por voluntad de ese Yahvé iracundo, guerrero y seguramente sin circuncidar. Una marea humana, en la que la hemoglobina, los glóbulos rojos, las plaquetas y los glóbulos blancos hervirán cada vez que Cesc remate a puerta, cada vez que Casillas detenga milagrosamente un gol cantado, cada vez que Torres falle una ocasión clara -esto último, si juega, ocurrirá unas cuantas veces-.

Algún “¡negro de mierda!” se le escapará al cincuentón uniformado de rojo y azul si Balotelli nos marca. Algún “desgraciaos, os llevaba a vendimiar” gritará el agricultor manchego si Italia nos dará una paliza. “Esta semana se acabaron los macarrones”, le dirá la buena madre a sus retoños si los azzurros nos ganan.

Y yo, anestesiado -me he dado cuenta de que soy más del Real Madrid que de la Selección Española, y pónganme a parir todo lo que quieran, que me resbala, como un suelo lleno de cáscaras de plátano-, les deseo lo mejor a esos once aristócratas de camiseta roja que jugarán, esta noche, en la Ucrania de las torturas tymochenkas. No por ellos, que se van a llevar un pastón, sino por esos cientos de miles de almas que, con la que está cayendo, depositan su fe, su ilusión y su entretenimiento en el fútbol patrio eurocopero.