Breve sociología del ‘canaperismo’

El miércoles asistí a un desayuno informativo protagonizado por el secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, en el hotel Palace. El martes me tomé el cruasán en el hotel Jardín Metropolitano con el ministro trinitario –Educación, Cultura y Deporte- Wert y con la presidenta del PP madrileño, Esperanza Aguirre, tan presente en la política, pese a su retirada convencional, como las manchas en la piel del dálmata o el veneno en el aire contaminado del centro de Madrid.

Me he aficionado a los desayunos informativos por mi doble condición de –todavía- becario/periodista. En un artículo recogido en Londres, Julio Camba hablaba de la precaria maleta de los plumillas, porque Camba viajaba más que Phileas/Willy Fogg, y se permitía el lujo de hablar de maletas anoréxicas; yo, por mi parte, lo que tengo precario/anoréxico es mi frigorífico, y más que lo voy a tener como me aficione a la tournée de los desayunos informativos. “Te has convertido en una ‘canapera’”, me dice el compadre Luis Fernando Quintero.

Comparando los dos desayunos a los que he acudido esta semana –perdón por la pobreza de mi empirismo, pero es lo que hay-, afirmo con rotundidad que la izquierda ofrece mejores desayunos informativos que la derecha, en lo que a comida se refiere, claro, que al fin y al cabo es lo que de verdad me interesa. Un personaje de El disputado voto del señor Cayo de Miguel Delibes dice que él se mete en política para que todo el mundo tenga un mayor confort, que no comulga con el sacrificio. En eso ha quedado la izquierda partidista/sindical española. Lo demuestran los desayunos que organiza, más burgueses que nada y que nadie. Quizás la ideología no tenga nada que ver porque, ahora caigo, el organizador del desayuno de Toxo no fue CCOO, sino Fórum Europa, pero bueno, la anterior tesis me ha quedado muy bien, y la intención de este artículo es más literaria que científica. El Foro Popular de Madrid puso pocas mesas para los periodistas, nos situó en el abismo de la sala y se limitó a servirnos tres trozos de bollo –seis trozos en un plato para dos-, una jarra de zumo y café. En el caso de Toxo, los periodistas ocupábamos más espacio, más sillas, comimos y bebimos más y mejor y hasta pudimos repetir. Qué buenos y sofisticados los sándwiches, qué sabrosa su repostería, y el zumo, ay, el zumo, tan natural, tan diferente al que compro yo en el Carrefour, de marca blanca. Parecía una boda.

Así, en cuestión de desayunos: Toxo 1, Aguirre/Wert 0.

Lo más duro del desayuno de Aguirre/Wert fue conseguir ocupar un espacio. Había dicho antes que a los periodistas nos situaron en el culo de la sala, justo detrás de un ejército de ediles, alcaldes, consejeros y demás cargos del PP, al fondo, apiñados y con cuatro migajas de repostería, aunque de muy buena calidad, todo sea dicho. Atravesar esa legión de peperos con pedigrí no fue moco de pavo por la enorme dificultad que estos tenían para levantarse de o retirar la silla del pasillo. Un por favor, puede levantarse, un segundo por favor, puede levantarse, y sí, se levantaron, pero con mala hostia, y quién es usted para dar tanto el coñazo, pues mire, un periodista, que aunque parezca mentira, también semos importantes en este tipo de actos, oiga.

Y yo, mientras suplicaba a señoras con quince kilos de maquillaje en la cara y a señores cuya corbata valía más que toda la ropa que llevaba en el momento que me dejaran pasar, inocente, me acordaba del Olvidito, niño muerto/ahogado/mágico de Las giganteas, de Umbral, que pesaba poco, que solo era una ánima, y que podía llegar a cualquier sitio, sin salirse del río, claro.

Qué fácil lo hubiera tenido el Olvidito.

Las terrazas

Oficialmente, la primavera ya está instalada en Madrid. Los que vivimos en la capital de -¡CUÁDRENSE!- España lo sabemos por tres razones: 1) los recortes que más saltan a la vista no son los de Sanidad o Educación, sino los de las faldas; 2) los japoneses, con sus cámaras Nikon y sus sombreros blancos, nos invaden, nos fotografían y nos compran, y 3) afloran, como las margaritas, las amapolas y los escotes, las terrazas.

Camino por el paseo de Rosales sin encontrarme con Anson o con Celia Villalobos, que me han dicho que viven por ahí, con el objetivo de sentarme en una terraza, tomarme una cerveza fresca y terminar de leerme el Londres de Julio Camba. En misiones más difíciles me he embarcado. En estos días, en Madrid hay tantas terrazas como palomas, aunque estas superan en número a aquellos seres humanos que hacemos uso de ellas -de las terrazas, no de las palomas, se entiende-. La paloma es el animal de compañía permanente, el accesorio molesto por el que no se paga y que te pide de comer incansablemente.

Terrazas en Rosales, en Martín de los Heros, en la Plaza del Dos de Mayo, en Alberto Aguilera, en el Paseo de la Castellana, en la Plaza Mayor o en la Plaza de Oriente. La geografía madrileña es invadida por las mesas y las sillas de plástico o de metal, por los servilleteros, por los ingleses que empiezan a teñir su piel de color gamba y por las cáscaras de pipas. Las retinas del madrileño, del forastero, del guiri y hasta del vagabundo ansían contemplar este paisaje, ocupar las localidades y pedirse algo. El cuerpo y el termómetro piden saciar la sed y el demonio, la tradición o el capitalismo, en este caso, te permiten saciar la tentación de un modo facilón y por cuatro perras, dependiendo del sitio, claro está. El consumidor paga el plus de beber en la calle cumpliendo la ley;  también se puede uno tajar en el medio incumpliendo las leyes, o sea, haciendo botellón, pero el precio que uno tiene que apoquinar en caso de que se le aparezcan, como las gemelas de El resplandor, una pareja de guardias civiles, es mucho mayor y más molesto.

Las terrazas que triunfan son las que ponen tapa, aunque el manjar madrileño dista mucho del que es, por ejemplo, habitual en ciudades como GranadaBilbao. Una tapa digna es difícil de conseguir en Madrid. “Cerveza más tapa, en terraza, por tres euros” anuncian, habitualmente, los carteles de los bares. Pides la cerveza, te sientas a la espera de la tapa y, finalmente, te ponen un plato de patatas marca Carrefour, de sabor nulo y textura chiclosa. En muchas ocasiones, si te ponen aceitunas, hasta tienes que dar las gracias. Y si quieres algo más sofisticado, ráscate el bolsillo. “Esto no es la calle Navas” -mis amigos granadinos sabrán por donde voy-.

Camino por Rosales, decía. El bar de Fulano anuncia, en un poste, que te puedes sentar en su terraza, pedirte una caña, tomarte una tapa de ensaladilla rusa y disfrutar del sol del equinoccio, todo ello, por dos euros. No se me ocurre, en estos momentos, mejor definición para el término “felicidad”. Lo del equinoccio me mata -para bien- y acepto la oferta. Leo a Camba y rezo a los dioses por que no me cague una paloma.

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