Joaquín

“En vihta de que no noh vamoh a poné de acuerdo, vente a Granada cuando quierah”, me dice hace un par de días por teléfono desde la blanca, cálida, mediterránea, almeriense y flemática Roquetas de Mar, mi amigo Joaquín –Ignacio- Ferro, diodenar de oro, que cumple este miércoles los veinticinco, por el culo y rima fácil, cuarto de siglo, lo mismo asoman canas, no sé yo, él dirá –o escribirá, que también es partícipe de este blog-.

Joaquín abunda en altura, en barba color Gistau y en conocimiento… mientras mengua su cuero cabelludo –no se puede tener todo en esta vida, compae-. Nos conocimos hace cuatro o cinco nocheviejas, las hemos disfrutado desde entonces, somos amigos, ha venido a Madrid, yo he ido a Granada, he sido huésped suyo en Roquetas, nos hemos emborrachado, hemos discutido –en el sentido de debatir, digo- sobre política, sobre mujeres, sobre copas o sobre discotecas, y así.

Doblemente titulado y erasmusizado en La Haya, como Dios y los ministros de Educación mandan, Joaquín es un Cicerón granadino del debate, la antítesis del tertuliano trasnochado, caduco y casposo, una fiera que contraataca con argumentos de hierro y con verdades parciales o absolutas, dependiendo de la ocasión, que ya sabemos que hay una cara de la Luna que brilla y otra que está oscura, maldito relativismo, y a veces hay que decir que no, Joaquín, que en eso no tienes razón, que por ahí no, aunque para qué explicar la retórica del debate, de esto no va el artículo, pollas.

Culebrea la ideología de Joaquín fuera de los patrones establecidos, aunque el tipo tiene las ideas tan claras como la calva de Mr. Proper, ahora Don Limpio. Sabedor de su talento, hace tres años, empleando la jerga futbolística, ejercí de secretario técnico mourinhista y lo fiché para Migajas, una revista que montó un servidor, que duró nueve meses, y por la que pasaron escritores como Montero Glez., periodistas como Concha García Campoy o músicos como Javier Krahe. Joaquín zurraba a tocateja -con un toque progre, todo sea dicho-, mientras yo me centraba más en collejear al PSOE. En la pasada JMJ, yo utilicé el argumento de la revista Migajas para ligar con una chica. Joaquín, borracho bocazas, me lo jodió soltando que la publicación era “muy de derechas” –al final me la comí, siendo la manduca sexual interrumpida por una procesión nocturna de legionarios, que portaban en sus hombros a un Cristo, por la calle Arenal-.

No le guardo rencor por la jugada inconsciente -¿inconsciente, mamón?-, porque la confianza y el etanol, tanto a Joaquín como a mí, hacen que ese músculo bucal rosa y con papilas gustativas que se llama lengua se nos suelte y nos juzgue malas pasadas. Yo –me- acuso, tan lejos de Zola, de soltarle un par –o un par de pares, no sé- de chistes crueles sobre nazis a su novia alemana, la primera noche que la conocí. La diosa Fortuna quiso que el asunto quedase en nada, muy al contrario que nuestra amistad, que va para largo.

Felicidades, leche, que me olvido.

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