El yonki que no sabía quién era Francisco Umbral

Un desconocido se sube en un vagón de metro. El tipo supera los 50. Tiene el pelo de Tamariz, la nariz de Rossy de Palma y los pómulos de Mario Vaquerizo. Hubo un día en el que su camisa fue de color blanco, aunque ahora es amarilla y tiene manchas marrones, como si fuera la piel de un leopardo que acaba de revolcarse por el fango. No se esfuerza en disimular un triángulo equilátero de cicatrices en su antebrazo izquierdo y se sienta a mi izquierda.

-¿Qué estás leyendo? –me pregunta.

Días felices en Argüelles, de Umbral.

-¿Este escritor es nuevo?

-No. Cría malvas desde hace unos cuantos años.

-¿Y de qué editorial es?

Le muestro el libro, que no es la publicación original, sino un regalo, un impreso encuadernado y anillado, seguramente, en una papelería de Moncloa o de Ciudad Universitaria. El tipo me enseña su lectura –algo de Jorge Bucay, autor del que no he leído nada y que, por ahora, no figura en mi horizonte bibliográfico- y me cuenta las cosas que le contaría a la presentadora de El diario de Patricia, que en paz descanse –el programa, no la presentadora, digo-: me dice que está muy bien, que es muy profundo, que le ha ayudado mucho, y no sé qué coño más.

Los pasajeros de alrededor miran la escena con pavor. Creen que el tipo me va a sacar una navaja en cualquier momento y me va a amenazar con un: “El Umbral o te rajo”. Vale, el menda tiene un aspecto peculiar, pero lo único que ha hecho ha sido darme conversación (¡guau!), algo insólito entre dos desconocidos, sí, pero que no supone un pecado mortal. El notas no era Freddy Krugger ni Cara de Cuero: como mucho, era un toxicómano. Mirando las caras de mis vecinos viajeros, pensaba: un movimiento en falso, y alguno le propina veinte tiros, a lo Clint Eastwood, por prevenir.

El tío se baja en Guzmán el Bueno, se despide de mí y una señora me dice que no debiera hablar con desconocidos, que vaya pintas, que con esas pintas patatín, que con esas pintas también patatán, y que los patatines tienen que ir con los patatines, y que los patatanes tienen que ir con los patatanes, y las peras con las peras, y las manzanas con las manzanas, y Ana Botella, alcaldesa de la villa, porque tiene pintas de. “Ah, que es por eso”, le digo.

Este post va en solidaridad con el yonki que no sabía quién era Francisco Umbral. Como mi compañero de viaje, yo también sufrí la discriminación de la apariencia en mis propias carnes. El tío se baja en Guzmán el Bueno, decía. Bien. Una noche fui a una discoteca que está por esa zona con uno de mis mejores amigos y, dentro, conocimos a unas chicas. Mi amigo fue a liarse con una de ellas y yo hice lo propio con mi correspondiente ninfa. Mientras bailaba con mi chica –de esa noche, digo-, un pijo de cocodrilo y sonrisa Vitaldent, clavadito al diputado del PP Rafael Hernando, empezó a molestarla. Le dije, con educación, que la dejara en paz, que estaba conmigo, y que esto no es la sabana africana en donde, tras echar un meo, puedes pelearte con un macho de la manada y arrebatarle a su hembra. El tipo se rió en mi cara. Yo opté por no guerrear, hasta que el tonto de los cojones –perdón- empezó a empujar y a chocarse contra nosotros. Se me fue la olla y le di una tollina de canto –según la clasificación del Gañán de La hora chanante-. El tío me la devolvió, yo fui a darle otra, y así. De repente, la mano de un gorila me agarró de la nuca y me echó del garito. El Rafael Hernando quedó indemne y permaneció dentro. ¿Por qué? Porque él, al día siguiente, tenía clases en el hipódromo y blanqueamiento anal y yo llevaba una camisa hortera y greñas.

Lo peor de todo: al final no me trinqué a mi ninfa.

dias-felices-arg

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El día en que murió Antonio Puer…Umbral

Ocurrió el 28 de agosto de 2007. Lo recordarán. Verán:

Se estaba jugando un partido de fútbol, lo televisaba La Sexta y, si mi memoria no falla, era Andrés Montes –ese que a Casillas lo llamaba Cañizares- el que narraba el encuentro. Jugaba el Sevilla, y el jugador Antonio Puerta se desplomaba. Se volvía a levantar. Luego, otro desplome. Al poco, el joven jugador andaluz murió.

Un estadio lleno, las dos Españas, miles de espectadores, todos presenciamos un acontecimiento terrible. La situación personal de Puerta nos emocionó, y nos enganchamos a los folletines y a los partes, con segundero en mano, mientras el jugador se debatía entre la vida y la muerte, mientras la muerte ganaba la partida, mientras comprobábamos quién iba al entierro.

Puerta se convirtió en un símbolo del sevillismo, del deporte español, se le brindaron goles y trofeos. España entera lloró la muerte de un héroe.

Esto también ocurrió el 28 de agosto de 2007. Me apuesto uno de sus libros a que no lo recordarán. Verán:

Francisco Pérez Martínez, el Umbral, vamos, fallecía en silencio en un hospital de Boadilla del Monte, en Madrid. Don Paco murió de un fallo cardiorrespiratorio a los 75 años de edad. Cambiaba la Tierra por el Cielo o el Infierno un tipo que ha escrito biografías, ensayos, artículos por miles y novelas por cientos.

Nos dejaba un hombre seco, antipático, golfo –según decía- y feo. Umbral no movía a las masas, pero también murió. El cafegijonesco Umbral, el mejor prosista de la Literatura Española del siglo XX, el que nos hizo llorar con Mortal y rosa, el que nos la puso pinocha con Historias de amor y viagra, el que nos narraba la realidad cotidiana de la capital de provincia franquista en Leyenda del César Visionario o el que nos hacía descojonarnos boquiabiertos con sus artículos, la había palmado. El muerto al hoyo, y el vivo a lo que le corresponde.

Umbral, el de los gatos y las bufandas, el Francesillo, murió el 28 de agosto de 2007 y España pasó de su muerte. No había tiempo para llorar a dos personas y, entre el héroe sano deportista y el escritor putero y con mala follá, España se quedó con el primero. Los goles valen más que los libros.

Y los telediarios recordaron a Umbral brevemente, y nos pusieron el video en el que discutía con Mercedes Milá, y poco más. El único medio de comunicación que le brindó a Umbral un homenaje en condiciones fue El Mundo, donde el escritor tenía una columna llamada ‘Los placeres y los días’. Toma Proust umbraliano.

Sobre esto hablé, en su momento, con Andrés Calamaro. Andrés recordaba la muerte de Umbral, también sentía la muerte de Puerta, y me dijo: “Qué pena que un país llore más a sus deportistas que a sus escritores”. Yo asentí y apuré la caña.