Ana en Jawalakhel

Conocí a Ana Sepúlveda hace un lustro, la noche en la que rompí o se rompió, más bien, la primera relación larga que yo tuve con una chica -perdón por la obviedad, pero ahora parece que, en este sentido, hay que explicarlo todo-. Me sentía algo depre, pero también bastante animado, con ganas de olvidar discusiones, gritos y el desalojo de un armario, además de ansioso por ligar con la primera fulana que tuviera la osadía de cruzarse en mi lujurioso camino. Mi hermano no carnal, Paco García-Valenzuela, experto desde hace seis años en subir o en bajarme los humos según requiera la situación -y de forma objetiva y adecuada, el bendito cabroncete-, me puso una camiseta de “fucker” -textual- y me engominó el pelo. En aquella tarde, mi amigo Alberto Moreno, alias Huevero, y yo, habíamos quebrado un silencio telefónico que se había establecido sin decreto desde hacía meses. Me propuso salir con unos amigos de un amigo suyo de Periodismo, Enrique Sánchez.

La leche, qué cantidad de grandes amigos que se hicieron o se afianzaron en aquella fecha.

Nobleza obliga a reconocer que tanto Alberto como Enrique me la trajeron floja: Paquillo y yo queríamos cazar y, si bien no nos encontrábamos con un Serengeti plagado de tiernos becerros de búfalo o débiles potrillos de cebra, sí que había material para elegir. Mis reacciones eran intermitentes: cuando me daba el subidón, atacaba a muerte -sobre todo, en la discoteca-; cuando asomaba el bajón, hablaba de Valle-Inclán con una amiga de estos y de Nirvana con Paco Ríos, a quien también conocí en aquél momento. Recuerdo que un amigo -aquí omito el nombre propio, salvo que él solicite que desvele su identidad- le propuso a una rubia serrana y burgalesa –Bea– que hiciera la grulla; los dos se picaron y mi compadre se rió lo suyo de ella, hasta que le soltó una de las mejores hostias femeninas que yo he visto en toda mi vida. No recuerdo de qué hablé por entonces con Ana. Sé que en la discoteca me pareció una monja (porque no quería tema), y claro, uno no salió aquella noche para hacer amigos, sino para jincar. En ese sentido, y por fortuna, me salió el tiro por la culata, aunque sí que me fastidió bastante comerme los mocos. El león llegó a su casa hambriento.

Ana me empezó a caer bien en una fiesta que celebramos en casa de Alberto y de Enrique, en la que acabé descamisado y tocando una guitarra desafinada. El alcohol nos hermanó por un rato -y hay un testimonio nuestro, gráfico y lamentable de aquel guateque, que guardo con gran cariño-. La señorita/señora -señora, tenía novio, y ahora creo que también- Sepúlveda me pareció, y lo mantengo, una guapa soñadora, un poco cursi, inteligente, literaria y, aparentemente, inocente. Yo diría que le empecé a caer bien mucho después, cuando vio que no sacaba con ella los colmillos y las garras, en definitiva, cuando comprobó que para mí no era ningún objetivo sexual, sino una amiga. En aquel momento me traicioné a mí mismo porque, hasta entonces, si yo había tenido alguna vez alguna relación de “amistad” con una chica, siempre había fijado, como objetivo final, llevármela a la cama. Con Ana -y con Bea, y con Lucía, la novia de Álex, y con tantas otras- mancillé mi código ético de vividor/follador, que diría Amador Rivas, para después tirarlo a la basura.

El grupo de amigos de la carrera, el tiempo, las asignaturas, las juergas, Sabina, Cortázar y ahora, Jabois, han mantenido y reforzado mi amistad con Ana. También el sentido del humor. En este campo, establecimos una constitución no escrita, pero cumplida a rajatabla, en la que yo soltaba una burrada y ella, aparentemente, se escandalizaba. Cuando Ana reía, yo decía alguna gilipollez más gorda, más ridícula o más cruel, y ella ponía (o hacía como que ponía) el grito en el suelo o me miraba como dándome por perdido. La penúltima vez que nos vimos me dijo que si ya no era tan canalla. Me sentí defraudado, ¡con lo que ha sío una!

Ana, periodista, hizo prácticas en la emisora de los obispos, huyó de España y se marchó a Londres a servir copas y comida -malísima- a los ingleses y, ahora, vive en la ciudad nepalí de Patan. La última vez que me escribió lo hizo desde el barrio de Jawalakhel, topónimo literario a la altura de Kipling o de Sánchez Dragó (sí, ¿qué pasa?). Me pareció una excusa perfecta para convertir a mi amiga en musa de artículo. Trabaja como reportera en Nepal Television, en un programa que se llama Inspirations. La admiro por su trotamundismo, por su profesionalidad y por su talento y porque, encima, está buena. Menuda mierda, comparado con eso, lo de ponerle los dientes largos con Jabois.

ana-jamalapollas

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