La ruralidad

Y tú de quién eres, ah, el nieto de Cipriano el de las Gaseosas, quién te iba a conocer, hijo mío, dame dos besos, que somos familia. Estribillo de mis vecinos de calle, de barrio, de pueblo, del pueblo de donde uno viene, que no es en el que habita, pero el pueblo de uno, al fin y al cabo, vaya. Cómo has crecío, uh, cuánto pelo, vaya camisa que me traes, y qué delgao estás, y una concatenación eterna de preguntas, observaciones, críticas, besos, apretones de manos y, seguro, murmullos, suposiciones y rumores -la Toñi dice que es un borracho; la Lola, que es maricón; pues la Puri, que participó en una orgía con negras-, pero todo eso, lo segundo, digo, que quede en privado, claro, que no quiero que me pongan de vuelta y media, de alcahueta y de criticona.

Volver a lo rural por Navidad, por Semana Santa, por San Bernabé -patrono y bendito, siempre bendito-, por vacaciones estivales y algún que otro fin de semana, con el objetivo de estar con/ver/besar/abrazar a los padres, a los tíos carnales y a mis cinco gatos. El pueblo como desintoxicación del tráfico, del alcohol, del ruido, del puterío, del libertinaje y de la libertad de Madrid; el pueblo como paseo matutino, como hornazo recién preparado por la tía Carmen, como pabellón nocturno de estrellas, seres que, desde su nacimiento, arden y brillan pero permanecen ocultas en el cielo del Foro, por eso del smog, las diversas formas de contaminación, llámenlo equis, i griega o yé, que es lo correcto, según los académicos.

Sobre un pequeño cerro arcilloso se erige mi pueblo, con su iglesia románica, su ayuntamiento feo, su plaza vacía de seres humanos y repleta de tordos, su plaza de toros convencional, su colegio residual y su polideportivo abandonado a las zarzas, a los charcos y a los pajitos. Casas de dos plantas, con ventanas al exterior, marrones y blancas, olvídense de los edificios coloreados de azul manchego, que mi pueblo no es Almagro o Puerto Lápice, lugares en los que ese tipo de aspectos estéticos se cuidan más. Mi pueblo no quiere ser el más guapo aunque presume -y con razón- de parroquia y de talla con San Bernabé, que ay del que lo toque o del que se meta con él: existen ateos que no creen en Dios pero sí en el patrón del local, siempre bendito, siempre, como había dicho antes.

Entrando al pueblo, un río. Al Cigüela se le llama Gigüela porque sí, porque para eso es el río del pueblo, y qué bonito está ahora, qué bien le han hecho las lluvias de este invierno, al río y a las viñas, principal fuente económica del lugar. El Cigüela está pletórico en primavera, chulea a la sequía, invade campos, se llena de patos, de cigüeñuelas y de carpas y, a su vez, de pescadores de carpas. El Ayuntamiento compró una docena de gansos para adornar un lago artificial cercano, pero su población fue reducida a la mitad por un grupo de rumanos que quisieron hacer paté. Un puente romano permite el acceso a los peatones por el río y, hasta hace muy poco, a los vehículos pequeños, pero un camióncamionaco– se saltó un “prohibido pasar” y, claro, pasó lo que pasó: grietón, hundimiento parcial, accidente. Mi hermana me cuenta que, cuando ella iba al instituto, su autobús pasaba todos los días por este puente romano.

Luego, que si se joden las cosas.

Qué bonito el río, con sus pájaros y sus pececitos. Aún así, los villanos -habitantes de la villa, se entiende- se preocupan, se asustan y se acongojan por la temporada de mosquitos, comunes, anofeles, tigre o como sean. Este año tocará fumigación, o sea, que una tarde, o una mañana, según, el Ayuntamiento decretará el toque de queda, y un camión o una avioneta, depende de la empresa, rociará de insecticida las zonas de cría del molesto parásito, que si afecta al Medio Ambiente, pues oye, un daño colateral, como dicen los americanos. El asunto es evitar que los bichos piquen.

Y las viñas, qué hermosas, ¿va a tener mucho grado la uva este año?, todavía falta, pero la cosecha pinta bien, y date prisa, Madrileñito -en Madrid me llaman Mancheguito, qué cosas-, no hay tiempo para más explicaciones, danos dos besos, toma un queso y un estuche de vino. Avisa cuando llegues a Madrid.

Hecho.

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Fuencaliente

La Liga de las Sombras de los dioses de la lluvia se ha congregado en su cuartel general y ha decidido hacerle un poco de bullying en forma de inundaciones a la maltrecha y agonizante España, país en el que nunca llueve a gusto de nadie. Los dioses de la lluvia, como los alemanes y las gallinas, que en lugar de socorrer al ejemplar herido se aglomeran para rematarlo a picotazos. El báltico Perkunas, el guanche Achuhucanac, el mixteco Dzahui y el más poderoso hinduista Indra se han cebado, entre otros, con el Ebro, el Duero, el Guadalquivir y el Guadiana, afluentes incluidos en el pack meteorológico por el mismo precio. Las precipitaciones se han tornado en ensañamiento: de ahí los campos anegados, los pueblos evacuados, los desaparecidos y los muertos.

En plena excitación pluvial, torrencial y homicida, los miembros de la Liga de las Sombras de los dioses de la lluvia derrumbaron, en el término municipal de Fuencaliente (Ciudad Real), el puente sobre el río Yeguas. En la catástrofe murieron dos personas: un camionero de Malagón y un joven de Villanueva de Córdoba. Los agentes meteorológicos no cometen asesinatos en masa en España, como hacen en Haití, en Indonesia o en las películas en las que hay una vaca girando dentro de un tornado. En nuestro país, la lluvia no es Charles Manson, pero en grandes cantidades también mata.

Fuencaliente está que arde. Se siente un pueblo olvidado por la administración, dejado de la mano de Dios y del Estado. Los cucones -su gentilicio- cuentan que lo ocurrido el pasado 1 de abril “se veía venir”, que las infraestructuras de los alrededores están hechas pedazos, que el pasado 7 de marzo ya se hundió un puente y que nadie movió un dedo. A excepción de las municipales, ninguna de las “autoridades competentes” han visitado todavía el lugar: ni provinciales, ni autonómicas ni nacionales. El Ministerio de Fomento prometió que este viernes la N-420 quedaría abierta; hasta el momento, los mandados de Ana Pastor se han limitado a establecer desvíos, que es una forma de decir “estamos trabajando en ello, pero sin prisas”. “Total, son gañanes de un pueblo manchego perdido en el mapa. Para pastorear cabras y ovejas se podrían conformar con los puentes y los caminos de cuando la Mesta. Que estén agradecidos: lo suyo sería derribar estos puebluchos y construir Marinadores y Portsaventuras”, pensará más de uno.

En esto, que los vecinos han decidido “tomar las carreteras”. Sometidos al “abandono constante” de todas las administraciones -de PP y de PSOE: la Diputación de Ciudad Real, en manos del socialista Nemesio de Lara, se ha negado a acometer la remodelación del camino alegando que “no es de su competencia”-, los culones cortan todos los desvíos habilitados por Fomento, por eso de no aceptar aspirinas para curar un cáncer. Manchego y pesimista como soy, creo que lo de Fuencaliente va para largo. A los pretextos “no hay dinero” y “no nos corresponde” se les añadirá el de “bah, es un pueblo pequeño”. La tragedia mortal del río Yeguas será un ejemplo más de ineptitud e irresponsabilidad política y de desprecio y marginación al mundo rural. Desgraciadamente, en estos casos las soluciones pasan por Fuenteovejuna -metafóricamente, claro, ni a nivel municipal: me consta que el alcalde está haciendo lo que puede- y poco más. Ojalá me equivoque.

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La marea roja (y gualda)

Lejos de ser una plaga del Antiguo Testamento, una marea roja inundará, como si de un tsunami se tratara, las calles de Madrid, de Ciudad Real, de Sevilla, de Vetusta y de Fuenteovejuna y quizás, por qué no, algunas zonas de Barcelona, de Bilbao o de San Sebastián, pero sin pasarse, que la patria chica pesa, y hay que respetar las formas, oigan. ¿Banderas rojigualdas? Sí, pero con txapela o barretina.

Madrid, presumiblemente, acogerá la boda entre Cibeles y Neptuno, banquete y cura laico-futbolero incluido. La capital del consistorio anabotellesco no se ha recuperado aún de la resaca del botellón, tan gay, tan colorido, tan comercial, tan sucio, tan vicealcalde de Madrid, Miguel Ángel Villanueva. A ver si paga los 300 euros de multa por beber en la calle. En la puta calle.

Una marea roja, decía, como cuando las aguas se transformaban en sangre, allá en el Egipto paleomubarak, por voluntad de ese Yahvé iracundo, guerrero y seguramente sin circuncidar. Una marea humana, en la que la hemoglobina, los glóbulos rojos, las plaquetas y los glóbulos blancos hervirán cada vez que Cesc remate a puerta, cada vez que Casillas detenga milagrosamente un gol cantado, cada vez que Torres falle una ocasión clara -esto último, si juega, ocurrirá unas cuantas veces-.

Algún “¡negro de mierda!” se le escapará al cincuentón uniformado de rojo y azul si Balotelli nos marca. Algún “desgraciaos, os llevaba a vendimiar” gritará el agricultor manchego si Italia nos dará una paliza. “Esta semana se acabaron los macarrones”, le dirá la buena madre a sus retoños si los azzurros nos ganan.

Y yo, anestesiado -me he dado cuenta de que soy más del Real Madrid que de la Selección Española, y pónganme a parir todo lo que quieran, que me resbala, como un suelo lleno de cáscaras de plátano-, les deseo lo mejor a esos once aristócratas de camiseta roja que jugarán, esta noche, en la Ucrania de las torturas tymochenkas. No por ellos, que se van a llevar un pastón, sino por esos cientos de miles de almas que, con la que está cayendo, depositan su fe, su ilusión y su entretenimiento en el fútbol patrio eurocopero.