Santa Quiniela

El Espíritu Santo ha dicho “Vuelva usted mañana”: la doble chimenea del Vaticano (una novedad, para que luego digáis que la Iglesia no se renueva) ha vomitado humo negro. A los militantes de Greenpeace no les parece bien, porque la atmósfera, según ellos, no está para aguantar más contaminación -por muy sacra que esta sea-.

No es una horda ecologista la que ocupa la Plaza de San Pedro, sino una masa homogénea formada por devotos, laicos y religiosos que, portando paraguas y relicarios, rezan por la elección de un “Buen Pastor” que les guíe, como un GPS con clériman y zapatos rojos. “Ooooooh”, se lamentan cuando ven el color de la fumata. El balón no ha entrado a portería y se ha limitado a rozar el palo. El miércoles, repetición de la jugada. Manolo el del Bombo, más acostumbrado a este tipo de escenarios, cambia el “oooooh” por un “uyyy”. Pega un par de bombazos, bom, bom, y la plebe canta “Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”.

Misas, candidatos, cónclaves, rituales, homilías, letanías, hombres, ancianos, curas: son los ‘tags’ por excelencia, las palabras claves de estos días en los que el Occidente que saca pecho de su laicismo no hace otra cosa que mirar por la rendija, preguntarse por quién será el heredero de San Pedro y hacer quinielas, porras y derivados. ¿Será brasileño o italiano, conservador o liberal? ¿Superará los 70? ¿Fue nazi o estalinista en su juventud? Nada de esto nos importará (tanto) en cuanto sea elegido pero, hasta entonces, nos comemos las uñas, nos mordemos el labio, bailamos el baile de San Vito y, si somos del Opus Dei, nos colocamos el cilicio donde más nos duela.

Por obra y gracia de Dios, Luis Bárcenas y José Blanco, los desahucios y el escándalo de Ponferrada pasan a un segundo plano. La ley de la espoleta entra en acción. Entre los 115 tíos que se reúnen en la Capilla Sixtina para elegir nuevo Pontífice hay hostilidades, divisiones y mucha mala follá. Benedicto XVI lo sabía y por eso se dio el piro en helicóptero -no cuela lo del cansancio físico, Joseph-. Nosotros también lo sabemos: por eso estamos enganchados a los medios de comunicación. Por fin la Iglesia entretiene y engancha. El Cónclave se convierte en un Sálvame Deluxe de la teología y de la política. No es que, en el siglo XXI, la Iglesia sea el opio del pueblo: es que el fumadero social -la televisión, principalmente- está pendiente de lo que ocurre en San Pedro del Vaticano. Y a nosotros nos entretiene como un reality oscurantista (“¿quién será el cuervo? ¿habrá algún masón?”, también nos preguntamos chorreando), con unos escenarios de primera y con un plus de suspense de lo más irracional -esto último, solo aparentemente-.

Lamentamos que la Capilla Sixtina no sea la casa de Gran Hermano. Pedimos…, no, rectifico: exigimos a los cardenales, esos señores que aparecen últimamente tanto en la tele durmiendo, que se den prisa, que no prorroguen el morbo y que nos digan quién será el macho alfa de la Iglesia Católica, para buscarle delitos de pederastia, si somos un medio progre; para hacerle una felación publicitaria, si somos La Razón o una marca blanca. No prorroguen tanto este misterio: demasiados tienen ya con los del Rosario.

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España huele a hostias

España huele a hostias y, lo peor de todo es que, a pesar de la visita del Papa en la JMJ 2011, no huele a hostias consagradas, de esas que representan el cuerpo de Cristo en la Tierra, justicia, amor, solidaridad, etcétera. Más bien al contrario.

España en general y Madrid en particular huelen a hostias de las que se han visto en Grecia, en Francia y, más recientemente, en Inglaterra. No entro aquí a comparar el origen, las causas y las consecuencias de cada lugar, porque aunque han tenido unos cuantos puntos en común, la naturaleza política y sociológica de los problemas es distinta –al menos, en sus matices-.

Lo que digo es que España huele a queroseno, a porra policial, a navajazo, a saqueos y a barricadas. Esa peste viene generada por una minoría, la patentan muy pocos, y los protagonistas primarios suelen ser escasos. Pero el hedor a palos se extiende rápidamente.

Hubo perros que probaron la carne ‘indignada’ en los alrededores del Ministerio del Interior, los sindicatos policiales luchan por “quitarse las cadenas”, y hay agentes que apuestan por “dejarse de mariconadas” y “liarse a hostias de una puta vez”. Son los únicos que pueden repartir hostias legítimamente, y eso hacen de vez en cuando. Tampoco es que resulte muy extraño.

En lo que respecta al bando conservador –en España hay bandos, le pese a quien le pese-, los que llaman a los ‘indignados’ “indignantes” se relamen al leer que la Policía ha cargado, al ver las imágenes en Intereconomía y al mirar las encuestas manipuladas de La Razón.

Por otra parte, la manifestación en contra de la financiación de la JMJ por parte de organismos públicos se convirtió –por culpa de una minoría, pero de una minoría que hizo mucho ruido- en una marcha de ateos contra creyentes, en la que algunos gritaron “Los cristianos a los leones”, otros empujaron a algunos jóvenes porque tenían un crucifijo, y muchos se empecinaron en limpiar la plaza de peregrinos –cosa que, el miércoles por la noche, consiguieron momentáneamente-. La cosa acabó como ya de sobra saben.

Hacía mucho que el país no contaba con unos bandos tan definidos en su indefinición. En España, los bandos se definen para destruir, pero no para construir. Pese a tener a Xavi y a Iniesta en la selección, sociológicamente somos más de Emerson y Diarrá. Por ejemplo, Veo7 e Intereconomía se alían para dar por saco a Zapatero mediáticamente, pero entre ellos se llevan a hostias. El miércoles pasado, veinte organizaciones –entre ellas, Redes Cristianas y Cristianos por el socialismo- secundan la marcha en contra de la financiación de la JMJ, pero la marcha deriva en insultos hacia los católicos. Y así.

España huele a hostias, digo, y más que va a oler a partir de diciembre, cuando sean las gaviotas y no las rosas las que ocupen el Palacio de la Moncloa. Porque España huele a recortes, de esos que duelen, de esos que sólo se justifican con lo injustificable. La gente permanece tranquila hasta que le tocan la casa y la manduca. Ya han aparecido huellas dactilares de terceros, y la peña ha empezado a trinarse. En cuanto no haya ni manduca ni casa, en cuanto haya que dar 5 pavos cada vez que se va al médico, o en cuanto haya que pagar lo mismo en un colegio público que en uno privado, que Rambo nos pille confesados.

Espero que este radical del pesimismo se equivoque.

Fotografía: Reuters