El Rey cumple 76 años aferrándose al trono

El Jefe del Estado español, Juan Carlos I, cumple este domingo 76 años mientras espera que el juez José Castro comunique su decisión sobre si imputa o no a la hija del monarca, la infanta Cristina, por delitos contra la Hacienda Pública y blanqueo de capitales por su presunta implicación en el caso Nóos, y mientras un 62% de sus súbditos piden su abdicación.

A sus 76 años, Juan Carlos I es el rey de una España cada vez menos juancarlista y cada vez más felipista -en el sentido de su hijo, el príncipe Felipe, y no del expresidente del Gobierno-, que cambia más de canal cuando -casi- monopoliza en Nochebuena las televisiones de todos los hogares con su discurso, y con quien ha perdido progresivamente empatía desde que, en 2012, tuviera que pedir perdón a los españoles por haberse caído durante una cacería de elefantes en Botsuana.

En 2013, el Rey continuó siendo un suculento bufé informativo para la prensa, bien fuera por su “entrañable” amiga Corinna, bien por sus numerosas tournées por los quirófanos -el 3 de marzo, por una hernia discal; el 24 de septiembre, primera operación de cadera; 25 de noviembre, segunda y definitiva… hasta el momento, quiere decirse-, o bien por el barro que salpicaba del charco en el que están metidos su hija, la infanta Cristina, y su yerno, Iñaki Urdangarín: el caso Nóos, un verdadero “martirio” –Spottorno dixit– para el monarca. Para defender a su vástago -”vástaga”, que dirían Soraya Rodríguez o Bibiana Aído-, Juan Carlos I fichó como abogado a Miquel Roca Junyent, un ‘padre de la Constitución’ que, este año, afirmó que el Tribunal Constitucional no le merecía ningún respeto.

En su intermitente agenda destacó un encuentro por encima de todos: el 30 de octubre, tras la sentencia del TEDH que instaba al Gobierno a derogar la doctrina Parot, el monarca recibió en el Palacio de la Zarzuela a Mari Mar Blanco, a Ángeles Pedraza y a Tomás Caballero. Además, para su discurso navideño, escogió una foto del encuentro y quiso compartir el dolor de las víctimas en “momentos difíciles”, si bien su parlamento no pasó de ahí. En esa ocasión tampoco habló con claridad del desafío nacionalista catalán, y eso que en algunos pueblos de la región, como Alcanó (Lérida), retiraron su nombre de las calles.

Así, y pese a las encuestas y a las peticiones de Iñaki Gabilondo o del primer secretario del PSC, Pere Navarro, el Rey cumple 76 años sin intención alguna de abdicar, concediendo entrevistas con grandes dosis de Photoshop a ¡Hola!, y con intención de volver a su trabajo: este lunes presidirá la celebración de la Pascua Militar, a la que también acudirán el presidente Rajoy y los ministros de Defensa, Pedro Morenés, y de Interior, Jorge Fernández Díaz.

Además, la semana que viene asistirá a una reunión con el ministro de Asuntos Exteriores japonés, Fumio Kishida. Por su 50 cumpleaños, la infanta Elena concedió a Efe una entrevista en la que declaró que su padre le transmitió a ella y a sus hermanos “la cultura del esfuerzo”: quizá la no abdicación del Jefe del Estado sea la mejor prueba de su adicción al trabajo. Como en la ranchera de José Alfredo Jiménez, Juan Carlos I seguirá siendo Rey -al menos, por ahora.

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El nuevo traje de ‘El Mundo’

Escribo mientras comparto butaca con Luis María Anson, así, sin tilde. Es curioso: él, con su pelo de plata, sus arrugas en la jeta, porta una tablet/iPhone/equis, como se llame; yo, veinticuatroañero, miembro de la generación Facebook/Whatsapp, gasto cuadernito de cuadros y bolígrafo de propaganda. Será cosa del sueldo. Me hallo en el Medialab-Prado, un sitio azul y tecnológico, cubriendo la presentación de la “nueva piel” de El Mundo. Me encuentro con Jesús Nieto rondando por los matorrales humanos y trajeados de la jet, la gente VIP de la tecnología. El columnista de El Mundo de la Tarde me pide que lo cite en mi artículo -¿qué trabajo me cuesta?- y telefonea a Raúl del Pozo, el maestro sabio y bueno, quien me envía un abrazo a través del éter -yo le correspondo con otro, faltaría más-. El periodista de Cuenca dice que no viene al acto porque está “a tomar por culo” -de donde él vive, se entiende-. Asiste también Núñez Encabo, profesor de mi facultad, presente en el Congreso el día aquel en que un paleto con tricornio y bigote, con tantos huevos como poco cerebro, acojonó a la nación de naciones, que diría Zapatero. Abandono la sala principal para dirigirme al -Señor, perdóname por utilizar este palabro- photocall. Me topo con Su Ilustrísima/Su Majestad/Macho Alfa/y sinónimos así, me topo con, decía, Pedro J. RamírezLe saludo, le digo de donde vengo y me atiende con simpatía. Se muestra orgulloso cuando dice que no ha invitado “ni a políticos ni a famosos“, quienes están en el 15º aniversario de La Razón, entre príncipes de Asturias y belenes-estébanes. Vuelvo a la sala. Los camareros sirven vino blanco, vino tinto, zumos de cuatro/cinco tipos, champán. El Mundo cambia de piel y hay guapa gente de derechas, volviendo al padre Umbral, celebrándolo. Primero habla el presidente de Unidad Editorial, Antonio Fernández-Galiano; después, Pedro J. llena su intervención de “relaxing cup of coffee”, de Alicia en el País de las Maravillas y de un cuadro robado de Rembrandt. Dice el director del periódico que “algún magnate seguirá mascullando, como la Reina de Corazones, ¡que les corten la cabeza!” y que, para evitar la decapitación, han tenido que “reconvertirse”. “Necesitamos recuperar la rentabilidad para defender la independencia”, añade. Me gusta El Mundo por ser, ante mis ojos, al menos, el gran diario más independiente que hay en España. Que así sea por los siglos de los siglos.

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Tripulación de refresco

El centro de Madrid sufre el bullying higiénico de la lluvia que destruye -al menos, temporalmente- esa capa de smog que provoca toses, cánceres y encabronamientos, según los científicos y/o los ecologistas, “depende”, que cantaba Jarabe de Palo. No hay activistas de Femen ni manifestantes pro-vida, o como se diga, en el Paseo del Prado, que se muestra húmedo, nuboso, más limpio que de costumbre por culpa de la tormenta, como colmando de argumentos a Ana Botella, alcaldesa no soberana -a los votos me remito- de la Villa, que dice/dijo que en la capital del Reino de España no hay tanta mierda por metro cuadrado en comparación con otras capitales europeas. El Paseo del Prado, decía, más vacío que de costumbre, por eso del fenómeno meteorológico que moja, que cala, que empapa, y los viandantes caminan bajo el refugio de su paraguas, salvo el imbécil que aquí escribe, que atraviesa con la cabeza indefensa la vía, hasta llegar al hotel Ritz. ¿Que si me alojo ahí? Anda, cachondos. Hasta donde yo sé, el único periodista que vivió/residió ahí fue mi admirado Julio Camba, durante trece años. Yo no soy Camba; apunto más a lo precario.

El secretario general del PSM, Tomás Gómez, protagoniza, o eso espera, un desayuno informativo organizado por Nueva Economía Fórum. Telonea al socialista madrileño la exministra Carme/Carmen Chacón, según la campaña electoral, según la geografía del mitin. La “niña de Felipe” -González, hombre, presidente y fundación de fundaciones- recita su cantar de gesta federalista, sin miedo, con Corcuera ausente, y suelta una pulla indefinida, no se sabe si al Gobierno de Rajoy, no se sabe si a los machos/hembras dominantes de su no-partido, pues ella es militante del PSC, y a las palabras de su primer secretari me remito. Chacón regresa de Miami para presentar, expresamente, a Tomás Gómez. Quizás sea el jet-lag, quizás anoche vio Aterriza como puedas -no veas qué risera me da esta película-, pero la exdiputada tira de la aviación como metáfora para exponer que hay dos visiones de la crisis: la primera, que es la que sostiene que estamos “atravesando una zona de turbulencias” y que “saldremos”; la segunda, que afirma que “el avión tiene problemas y debe pasar por el taller”, con una “tripulación de refresco que hable otro lenguaje” y que “movilice emociones”. Ríete tú, con esto, de la dialéctica marxista.

Chacón sugiere sin aclarar, y el discurso de Tomás Gómez, bueno, pues como que pasa a un segundo plano, más aún cuando el líder -bueno, “líder”…- de los socialistas madrileños, gentilmente, nos otorga a los periodistas, a través de su disciplinado personal, una copia transcrita de su discurso, que mide ocho caras, que habla de Cataluña, que critica a la derecha, y que dice que los socialistas son herederos de la Ilustración. Servidor aparta su cuaderno azul y carca y su bolígrafo de propaganda; los cambia por un trozo de bizcocho, por un sandwich de jamón cocido, queso y piña, y por un vaso de zumo de naranja, con grumos, y que sabe mucho mejor que ese de 65 céntimos que compro en el Carrefour de Andrés Mellado. Frente a mí tengo a Esther Palomera, una periodista de La Razón a la que admiro, qué raro se me hace esto, y no detallo más.

Finaliza el acto y, en el pasillo que comunica la sala donde se ha celebrado el desayuno con el vestíbulo del hotel, los periodistas allí congregados formamos una marabunta en busca de respuestas: ha venido Chacón, desde Miami, donde las playas y las chicas en bikini de las series de los 80, y nuestro deber, como profesionales, es el de preguntarle lo que nos dé la real gana. Pasan los minutos. Chacón se toma su salida con paciencia, como los toros mansos que intentan reconducir al bravo indultado hacia un toril. Conversa, entre otros, con la periodista Margarita Sáenz Díez, y alguien anuncia que no hará declaraciones. Vuelvo al pasillo, como para hacer piña, y saludo a Gema Huesca, de Europa Press TV, dueña de una bitácora muy interesante. Crece la indignación entre el personal, hasta que se oye sin oírse el “chsss, que viene, que viene”. Y Chacón, escoltada por Tomás Gómez y por el expresidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, elude pronunciarse sobre su “tripulación de refresco”, como escondiendo la mano de una piedra que arrojó hace un rato, y los compañeros preguntando, y ella, antes de huir por una puerta anexa -guiada por Barreda, joder, paisano-, zanja así el compromiso: “He hecho 8.000 kilómetros para apoyar a Tomás -Gómez-. Hoy es su día”. Al segundo, un colega, en el pasillo, se cagaba en la puta.

Casi muertos

Nos están matando. Nos atizaron con asignaturas víricas en la carrera de Periodismo (¿carrera?, perdón por el exceso de humor negro), nos quebraron las piernas en el paro, nos exiliaron en la desidia, cuando no nos oficializaron, convirtiéndonos en correas de transmisión, en meretrices de políticos, banqueros, empresarios, sindicalistas y demás deidades de marca dorada, sepulcros blanqueados, que decían los Evangelios. Que el Periodismo no es lo que era es algo tan evidente como que los peces respiran por branquias y que las urracas, los cuervos y las cornejas son los primeros que avistan los cadáveres de animales que, horas después, acaban de ser devorados por los buitres -leonados y negros, en la geografía nacional-. Los que quisimos ser reporteros, los que quisimos estar en la calle, descubrir historias y contarlas al mundo, los que vivíamos el Periodismo y, especialmente, el reporterismo, como una necesidad vital, estamos, profesionalmente, casi muertos. Almuerzo con Alberto Rojas y con Raúl del Pozo. Los envidio con salud/sanidad, antes de que Ana Mato acabe definitivamente con ella. Escucho más que hablo, y Alberto dice, entre muchas otras cosas, que “es lo que es” -un grande; esto lo suelto yo- porque ha trabajado con verdaderos sabios de/en la materia; de Raúl del Pozo, ¿qué contar? Es un maestro bueno, el espalda plateada de El Mundo, un reportero que hace columnismo. Cuando el periodista de Cuenca informa, una gaviota se caga de miedo. Ahora, los periodistas no quieren ser reporteros, sino columnistas, y pienso que eso, salvo en contadas excepciones, se debe a que la carrera se ha llenado de escritores frustrados. Creo que nunca seré como Rojas y del Pozo, porque ahora, a los medios, no les interesa el reporterismo ni los reporteros. Se limitan, en el mejor de los casos, a conservar a los que tienen, cuando no los van despidiendo poco a poco. De fomentar la cantera ni hablemos. El equipo filial del reporterismo español está lleno de cadáveres, es un ejército de no-muertos. Los periodistas jóvenes, los ‘afortunados’ que tenemos ‘trabajo’, nos ceñimos a la necesidad, a la supervivencia, y el primer escalón de la pirámide de Maslow no pasa por el reporterismo, o viceversa, no sé. Me dijo otro maestro, Antonio Lucas, que el Periodismo español está en tan mal no solo por culpa de la crisis, sino porque hemos bajado el nivel informativo. Amén jefazo.

Yo me bajo en Angrois, ¿y usted?

Mi mente asocia el concepto “tren” más con la música que con la literatura. No he leído ninguna novela ferroviaria en 24 años (los que tengo), exceptuando esos libros de cartón con dibujos, cuando niño, claro, en los que una locomotora de colorines, con ojos y sonrisa Vitaldent, escupía humo rosa y tenía como misión transportar un cargamento de chuches desde Felizlandia hasta Maravillatown para un niño rubio y pecoso o para una niña con coletas. Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, o Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie, no forman parte de mi biblioteca. Quizás me esté perdiendo un par de publicaciones de primer nivel, pero en todo caso, si algún lector decide regalármelas, que sepa que los libros se pondrán a la cola de, por ejemplo (y por este orden), de Socorro, perdón, de Frédéric Beigbeder; de Estaba en el aire, de Sergio Vila-Sanjuán, y de Misery, de Stephen King.

Canciones o discos sobre trenes, decía. Bien. Inmodestia aparte, domino hasta la pedantería el Slow train coming de Bob Dylan, un disco publicado en agosto de 1979, primer miembro de su trilogía de LPs cristianos -los otros dos miembros son SavedShot of love-. A mí el gospel no me apasiona ni en las películas de Whoopi Goldberg, pero este CD del cantautor de Duluth (Minnesota) tiene verdaderas joyas del género, como “Gotta serve somebody” o “Man gave names to all the animals” -posteriormente versionada por Joaquín Sabina, con un estribillo que rezaba: “El hombre puso nombre a los animales / con su bikini, con su bikini. / El hombre puso nombre a los animales / con su bikini, ¡qué mogollón!”-. También merece que el aplauso provoque el callo del respetable el tema “Slow train”, en la que Dylan se cree Juan Bautista y carga contra jeques, “grandes negociadores, falsos curanderos y misóginos” o “maestros de la fanfarronada”, rematando cada estrofa con un “Hay un tren, un tren lento acercándose por la curva”.

Más íntima es mi relación musical/ferroviaria con dos canciones del ya mencionado Sabina: “Cuando era más joven” -incluida en Juez y parte, el primer “gran disco” de Sabina, publicado en 1986- y “Yo me bajo en Atocha” -publicada por primera vez en Enemigos íntimos, el disco que sacó junto a Fito Páez en 1998, aunque me quedo con la versión en directo incluida en Nos sobran los motivos, en 2001-. “Cuando era más joven” hizo las delicias de un adolescente que aspiraba a ser Holden Cauldfield pero en manchego. Sabina canta: “Cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el norte“. Yo no sabía que los trenes a los que se refería/refiere el cantautor de Úbeda eran de huida; yo me conformaba con uno que me dejara en Madrid, donde (ay, iluso) me esperaría una vida llena de mujeres, de dinero y de fiestas. Por su parte, “Yo me bajo en Atocha”, un “Pongamos que hablo de Madrid” 2.0 y más ferroviario, no hacía otra cosa que confirmar un sentimiento, un presentimiento, llámalo equis: tenía que irme a Madrid cuanto antes, a ser posible, en tren. A Madrid llego en autobús por ser más barato y, en lugar de en Atocha, yo me bajo en Méndez Álvaro. Mis relaciones con los trenes no han sido demasiado íntimas. Los he utilizado en situaciones extremas, en las que la prisa exigía algo más que viajar a 100 por carretera, o en momentos en las que creía que el transporte ferroviario ofrecería más confort en relación calidad/precio que un autobús. Casi siempre he errado en esto. Por ejemplo: no viajen desde Madrid o Ciudad Real hasta Granada en tren. Les costará unos 60 euros (billete de ida y vuelta) y tardarán seis horas; en cambio, el autobús que sale desde Méndez Álvaro hasta Granada vale 32 euros (también ida y vuelta), o valía, y no tarda más de cuatro horas y media en llegar.

Mi relación con los trenes se estrecha con constricción y hasta la asfixia desde el miércoles por la tarde-noche. Olympique de Lyon y Real Madrid juegan un amistoso de verano, Lisandro López le marca el segundo gol al maltratado Adán y el comentarista de Antena 3, Antonio Esteva, informa de que ha habido un accidente de tren cerca de Santiago de Compostela en el que puede haber un alto número de muertos. A mi lado se encuentra Enrique Sánchez, amigo de primera e infógrafo reciente de La Razón. Su madre lo llama por teléfono: cree que ha habido un atentado en Santiago de Compostela. Hacemos zapping por la televisión buscando una información digna sobre el suceso. Descartamos la opción y nos enganchamos a los digitales. Se enciende el piloto rojo mental que te dice: “Mañana será un día de trabajo duro”. Me acuesto antes de lo previsto. Pasada la medianoche me llama el periodista Jesús Nieto Jurado: “Francesillo -me dice-, vámonos para Galicia que se está liando parda”. Le digo que sí, que estaría muy bien marcharse, pero que imagino que me tocará cubrir el accidente desde la redacción de Libertad Digital, medio en el que trabajo. “Ya van más de treinta muertos, ¿no?”, le pregunto. “¿Treinta? Unos huevos. La última cifra asciende a 45”, me responde.

El jueves llego puntual a la redacción por primera vez en todo el verano. Hay urgencia de noticias, de novedades, de estar a la que cae, de tener el periódico actualizado al segundo. Pilar Díez, redactora jefe, me dice que busque unas palabras del maquinista, que por lo visto había confesado, por teléfono, que superaba en más de 100 kilómetros por hora la velocidad permitida en el tramo. La pantalla del ordenador es okupada por la web de La voz de Galicia, por la de la Agencia Efe, por la de Europa Press, por la de El Mundo, por la de El Faro de Vigo, y así. En esRadio entrevistan a un consejero de la Xunta y al secretario general del SEMAF, sindicato de maquinistas, Jesús García Fraile. Libertad Digital echa humo, Luis Fernando Quintero investiga las posibles causas del accidente y los periodistas de la delegación gallega nos envían sus informaciones. Yo recojo los testimonios de testigos o de heridos: Tomás López Lamas escribe sin tapujos: “Mi hijo ha muerto”; Ricardo Martínez, vecino de Angrois, describe: “En los vagones había muchos muertos y tuvimos que mover cadáveres para sacar heridos”; Mari, también vecina de Angrois, cuenta en El País: “Vi venir un torpedo enorme de polvo y ruido. Pensé que era el tren, se venía contra mí y me eché a correr”.

Como profesional, como persona que, pese a haber estado estudiando cinco años (y pico) Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, todavía mantiene la ilusión y el gusto por este trabajo/oficio/profesión, lo primero que lamento es el hecho de no poder ser testigo directo de lo que está ocurriendo en Angrois y en Santiago: escribir o informar desde la distancia no es lo mismo que contar in situ lo que tú mismo ves, lo que a ti y solo a ti te cuentan, lo que tú sientes y lo que los personajes allí presentes sienten en un momento tan delicado, terrible y necesario de detallar sin caer en el morbo. Aceptas con resignación y te dejas los cuernos en informar desde lejos, porque es verano y buena parte de la plantilla está de vacaciones, porque tú no lo estás y porque eres una pieza necesaria en la redacción, y punto en boca: son razones más que suficientes para no moverte del lugar en el que te encuentras, aunque escueza.

Tu rol consiste, digo, en tener las noticias actualizadas al segundo, en estar pendiente de todo tipo de declaraciones y comunicados oficiales, en tomar nota del discurso del presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, orgulloso “por la respuesta del pueblo gallego” ante una tragedia tan terrible y quien decreta siete días de luto oficial en Galicia. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, abandona Madrid a eso de las nueve de la mañana y llega pronto a Santiago; en la noche anterior, un comunicado de Moncloa rezaba: “Quiero transmitirle mi más sentido pésame por la pérdida de vidas humanas y cuantiosos daños materiales que ha traído el terremoto que ha tenido lugar esta madrugada en Gansu“. Los usuarios de las redes sociales no desaprovecharon la oportunidad y atizaron, con razón, al Gobierno por este exceso de “copia y pega”. Al margen de este error, parece que por fin los políticos están a la altura: buena parte de ellos se desplazan a Santiago -algunos, como el coordinador federal de IU, Cayo Lara, incluso dona sangre-, se celebran (¿celebran?) minutos de silencio en el Congreso y en otras instituciones, se suspenden las agendas. Nobleza obliga, aunque solo sea por esta vez, a felicitarlos.

Mientras, las víctimas mortales se siguen traduciendo en números ordinales: para el político, para el policía o para el periodista es mucho más fácil informar de que 80 personas han perdido la vida, a decir, por ejemplo, que Fulanito de Tal ha fallecido o que Menganito de Cuál, padre de tres hijos, también ha muerto. El goteo de testimonios no cesa pero el estrés no deja paso a la emoción: tienes que estar en alerta constantemente, estás trabajando, tú deber consiste en informar a tu lector, y no puedes permitirte el lujo de involucrarte, con excesos, en el asunto.

Te sientes orgulloso de Galicia y de España. Tú, que te apuntaste a las tesis de Machado -“una de las dos Españas ha de ha helarte el corazón”- o a las de Pérez-Reverte, que viene a decir que somos un país de malandrines. La reacción de los testigos, de los vecinos, del pueblo gallego en general y del español en particular es ejemplar. Sientes envidia sana y te gustaría decir: “Soy gallego, carallo“, porque puedes buscar “Galicia” en un diccionario de sinónimos y encontrarte con acepciones como “solidaridad”, “honor”, “orgullo” o “dignidad”. España, un país tan dado a centrarse en encontrar al culpable y a condenarlo, a picotear entre la carroña, por un día, se olvida de sambenitos y de delaciones y se centra en socorrer a quien necesita socorro. El título de un artículo de Rubén Amón en El Mundo resume perfectamente lo ocurrido: “Si te dice que Caín”.

Al día siguiente, viernes, buena parte de los medios señalan sin tapujos al maquinista, Francisco José Garzón Amo, como principal culpable de lo ocurrido. El panorama mediático español no tarda en cansarse de hacer de poli buenoLa Razón se erige líder de la cruzada y hasta se presenta en el barrio en el que vive el conductor, en plan Aquí hay tomate. Libertad Digital adopta una postura prudente. Parece ser que al señor Garzón, de expediente intachable, le gustaba correr con la maquinita. Antes de que ocurriera el siniestro, había dicho que iba muy rápido, a 190 kilómetros por hora; después hablo de 200. A media mañana, el comisario jefe de la Unidad Central de Coordinación de Policía Científica, Antonio del Amo, y el jefe superior de Policía de Galicia, Jaime Iglesias, ofrecen una rueda de prensa. El primero dice que el balance de fallecidos es de 78. Preguntan los periodistas: ¿no habían muerto 80 personas? “Se trataba de fragmentaciones“, explica. Por su parte, Iglesias cuenta que Garzón Amo fue detenido en la tarde-noche del jueves por “imprudencia”. En la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, el titular de Interior, Fernández Díaz, viste de riguroso luto junto a Soraya Sáenz de Santamaría y a Cristóbal Montoro. Preguntado por el asunto, Fernández Díaz no cuenta nada interesante. Los que esperábamos alguna declaración que destilara Opus sobre el asunto nos vamos de rositas.

Termina mi jornada laboral del viernes al finalizar la rueda de prensa de Montoro, Fernández Díaz y Soraya (no sé por qué a la vicepresidenta se la llama antes por su nombre que por su apellido, pero es un hecho). Continúo informándome sobre el accidente de Santiago, escuchando más testimonios de heridos/supervivientes/testigos/héroes, pendiente de declaraciones oficiales, atento a la declaración del maquinista y rezando por que no aumente el número de fallecidos, que asciende a 79. Desde el miércoles, cuando digo tren no digo Dylan o Sabina, sino accidente ferroviario de Santiago. Yo creo que el cantautor jienense, tan dado a escribirle versos a la actualidad, ya está tardando en marcarse un poema o en componer una canción de las buenas sobre el tema. “Yo me bajo en Angrois, ¿y usted?” no me parece un mal título.

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La ilusión de Valderas

Cambio de planes. Quería que este artículo se llamara “El gran masturbador”, robándole el título al famoso cuadro de Salvador Dalí, y referirme al presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, quien anoche le hiciera a su consejera Susana Díaz, licenciada en Derecho tras una década de codos clavados, suspensos frustrados y aprobados balsámicos, el mayor dedo –político, malpensados- de su vida. Dedócratas del mundo, ahí va una nueva “miembra”, que diría Bibiana Aído.

Pero voy a pasar del asunto. Reincidir en la proclama “PSOE y PP, la misma mierda es” –debería decirse “son”, pero no rima- me aburre como una comedia de matrimonios de José Luis Moreno. Repetirse es pecado salvo que seas Umbral, y corro el riesgo de utilizar metáforas o ideas de las que empleé ya con cierto presidente regional y con cierta alcaldesa, blanco y en botella, para qué decir nombres, si todos sabemos de quiénes hablo.

En esta ocasión, quien me ha subido la bilirrubina ha sido el vicepresidente de la Junta andaluza, Diego Valderas, albañil, camarero, repartidor de butano y bodeguero antes que político –a diferencia de Susana Díaz, a quien no se le conoce ninguna otra actividad laboral previa-. El comunista fue entrevistado en la noche del miércoles en Hora 25 y se mostró encantado y feliz con el dedazo griñanesco: “Se abre un tiempo ilusionante con cambios desde la estabilidad”. Esto lo suelta Ana Mato y revienta una piñata de confeti en pleno estudio.

Desayunando en el Ritz a finales de mayo, Valderas dijo que alguna vez había dormido en el metro. Los sillones del Parlamento andaluz son mucho más cómodos que los metálicos bancos de los andenes. Izquierda Unida, que otrora criticara los ‘dedazos’ de Aguirre con González –venga, ya sí que digo nombres; qué frustración de artículo- en la Comunidad de Madrid y Gallardón con Botella en el consistorio de la capital de -¡TOQUE DE CORNETA!- España, coge el tubo de vaselina y le aplica un poco en el sepulcro blanqueado andaluz, que decreta leyes antidesahucios con la mano izquierda mientras que con la diestra tiembla al ritmo de las sentencias de la juez Mercedes Alaya, arqueóloga de los ERE fraudulentos.

Cayo Lara pide elecciones generales anticipadas en el Congreso de los Diputados mientras Valderas las descarta a nivel autonómico, porque “lo importante es la política y hemos apostado por la normalidad y la estabilidad” y entendiendo, además, que Susana Díaz hiciese “los cambios que considere oportunos”. Las peticiones de democracia interna/externa, como los yogures que ingiere Cañete, han caducado para los comunistas andaluces –nobleza obliga a decir que Gordillo y Cañamero pensarán algo muy distinto-. PP y PSOE la misma mierda es –son, leches, son-. IU-Andalucía parece un ejemplar de la misma especie. Bob Dylan canta en “Rainy Day Women 12&35” que “todo el mundo debería ser apedreado”. Qué genial el de Duluth, oyes.

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Montoro, ‘Pesadilla en la cocina’

Todo superhéroe tiene su antítesis en forma de archienemigo bizarro y poderoso: Batman/Joker; Spiderman/Venom; Ironman/El Mandarín. El villano ideal para el chef Alberto Chicote sería Cristóbal Montoro. El martes, seis lacayos del titular de Hacienda precintaron la bodega y la coctelería de un restaurante de Sergi Arola, el Gastro, galardonado con dos estrellas Michelín. Mientras, una manada de periodistas esperaban/esperábamos una comparecencia del ministro en la sede de su Ministerio para que aclarara qué –coj…&·$%nes- ha ocurrido con las fincas de la infanta Cristina. Finalmente, nos tiraron unas migajas en forma de un comunicado tan increíble como ilegible.

Cristóbal Montoro se ha convertido en la pesadilla de la cocina de Sergi Arola. El Gastro debe a Hacienda 148.000 euros y a la Seguridad Social, 160.000 –total: 308.000 pavos-, cifras que lo convierten en una víctima ideal para un ministro que es, como su sonrisa, implacable, y que no perdona salvo que te apellides “de Borbón”. Perdonar es de débiles, Hacienda somos (casi) todos y el escarnio del precinto no entiende de fogones, aunque sí de clases. “No vean novelas negras”, dijo el titular de Hacienda refiriéndose al enigma de las fincas de la señora de Urdangarín, con toda la razón del mundo: con Montoro, el lector a lo que se enfrenta es a un cómic de superhéroes. El jienense se convierte en el emprendedor alfa, si tomamos la segunda y la tercera acepción que el DRAE otorga a la palabra:

“2. tr. coloq. Acometer a alguien para importunarlo, reprenderlo, suplicarlo o reñir con él. Juan la emprendió CON Luis. El joven la emprendió A golpes.

3. tr. ant. Prender fuego. Era u. t. c. prnl.”

Cuidado con los emprendedores, que dan hostias de esas que te visten de torero.

“Así me pagan todos estos años de servicio de representación a mi país”, se lamentaba Sergi Arola. Tanto jalear la ‘marca España’ para luego ‘emprenderla’ contra un estandarte gastronómico de la patria -o como se diga-. Qué bueno debe ser el Gastro para que los gabachos le den dos estrellas. Ante tanto palo, ante tanta fechoría, se necesita a un salvador. Yo apunto a lo fácil: Alberto Chicote lidera la audiencia de los jueves resucitando –a veces temporalmente; a veces, permanentemente- locales de tercera que o bien tienen la cocina llena de mierda o bien sirven platos del Mercadona –a veces, hacen las dos cosas-. Quién le iba a decir al dueño del Pandelujo que el restaurante de Arola, un colega que está a su altura, iba a ser okupado por técnicos de Hacienda, precintado y cerrado.

¿Man of Steel? Una novela de Nora Roberts. Yo a quien quiero ver es a Chicote salvando a Arola, a los restaurantes españoles y al mundo, ya puestos, de tipos como Montoro.

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Exorcistas en las trincheras

Tras cuarenta años de rosario diario y de misas donde se entonaba el “Cara al Sol” poco después de rezar el Padrenuestro, olvidándose o adaptando, no sé, el “dad al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios”, España se hizo aconfesional y, posteriormente, extraoficialmente laica. El poder sociológico -no el político, cuidadín- de la Iglesia Católica ha menguado lo suyo en nuestro maltrecho país en las últimas décadas, pero ya sabemos cómo son las épocas de crisis, más si estas se prorrogan tanto, y también sabemos que a los santos se les pide ayuda, y también sabemos que no hay ateos en las trincheras.

No digo yo que en junio de 2013 España sea más católica que, por ejemplo, hace un lustro; sino que hace un lustro, los católicos españoles no eran tan católicos como lo son en junio de 2013 -sobre todo los fundamentalistas-.

La vertiente más sombría de este fenómeno es que, en lugar de aumentar las apariciones y los milagros, lo que está creciendo es el número de posesiones demoníacas y, por ende, de exorcistas. Los padres Karras están más de moda en nuestra famélica patria que el simpático y sencillo sacerdote que interpretaba Paco Martínez Soria en Se armó el Belén, moraleja política y sentimental incluida. Esta semana, el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, se refería a los ocho exorcistas que su diócesis nombró para expulsar demonios, espíritus, o como se llamen. “Estos casos se dan, y se dan con una frecuencia llamativa”, sentencia el macho alfa de la curia. Por su parte, la edición digital de ABC cuelga un reportaje made in Efe titulado Exorcismos reales en España: así se identifica y se expulsa al demonio, que acojona más que María Dolores de Cospedal en los alrededores de un centro de salud castellano-manchego. Me llama muchísimo la atención el significante y el significado del titular del reportaje, dando por ciertos hechos que no están confirmados empíricamente, y viniendo además no de una publicación esotérica, sino de la agencia de noticias más importante del país.

Exorcismos reales en España cuenta con el testimonio del padre José Luis Portela, sacerdote del santuario de San Campio, en Tomiño (Pontevedra), y que dice “diariamente viene una media de 50 personas a recibir la bendición y a pedir la ayuda y el apoyo del sacerdote”, y hasta 150 los domingos. El exorcista explica que “una persona con influencia satánica se resiste a entrar en el templo, rechaza al sacerdote” y que “si se la rocía con agua bendita le quema, al igual que si le impone la mano en la cabeza”. Hay más demonios poseedores/posesivos que parados, y eso me asusta -imagino que a la ministra Fátima Báñez no tanto, incluso cuenta con la protección de la Virgen del Rocío-. Además, hay cuatro causas principales por las que se producen las posesiones: uno, participar en “ritos satánicos”, como la ouija; dos, consagrar “un niño al demonio por parte de sus padres”; tres, pactar con el diablo, y cuatro, que te puteen con un “maleficio”.

Ya decía yo que la prohibición del botellón derivaría en aficiones mucho peores. ¿Alguien de ustedes conoce a algún tipo que tenga por hobby consagrar un “niño al demonio”? Lo de los maleficios sí que lo veo plausible, porque en España hay mucha mala hostia.

Firmado: un cristiano muy pecador de la pradera.

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Rebelión en la finca (de Mario Conde)

Regresan por el estío los Gordillo’s Boys. La pasada temporada alegraron las redacciones de los periódicos con sus asaltos a supermercados. Consiguieron su objetivo -relevancia mediática, quiero decir-, pasan el tiempo y las estaciones, estamos en junio de 2013 y toca poner fin a la hibernación. Los del Sindicato Andaluz de Trabajadores vuelven sin la frente marchita y con el puño en alto. Diego Cañamero, líder del SAT, sindicalista ceceante, nacionalista andaluz y cristiano rojo, conduce a unos ciento cincuenta jornaleros a las puertas de Los Carrizos, finca de la Sierra Norte sevillana -qué digo finca: fincón-, terreno -qué digo terreno: terrenazo- de Mario Conde, también líder, aunque no tanto como hace veintitantos años, pero sí, también líder, elegante, inteligente, expreso y tertuliano.

Ante la cancela inerte y metálica de la finca, decorada con las iniciales del exbanquero –MC-, Cañamero y Conde, doble cé ideológicamente antagónica, ciento y pico jornaleros, decenas de periodistas y un puñado de guardias civiles protegiendo la entrada del lugar, cancerberos del por si acaso, del que no llegue la sangre al río, del que aquí, quien se exceda, porrazo o multa. Vocea, grita y se desgañita la (modesta) masa jornalera ante el muro humano y verde de la Benemérita, hasta que Conde, líder menos líder que hace veintitantos años, pero líder, ordena: “¡Pueden pasar!”. Y la masa jornalera, con su Moisés Cañamero de guía, de delantero centro rematador, se acerca.

Los del SAT satean su canción del verano, “¡Tenemos la solución, los banqueros a prisión!”, tan pegadiza o más como cualquier éxito crónico y doloroso de King África o David Bisbal. Cañamero y Conde, doble cé intereconómica -se conocen de El gato al agua-, se saludan cortésmente, porque los dos son caballeros, y se retan a un duelo más soso de lo esperado, sin muchos reproches, sin muchas salidas de tono -el propio líder sindical es el primero en bajar los humos a los exaltados-. Tostón no, pero se esperaba más intensidad. Lucha -verbal- de clases, sí, pero más light que antaño, con un inevitable, eso sí, enfoque romántico -terrateniente señorito vs. obrero explotado, en plan Los santos inocentes, de Miguel Delibes-. Tampoco es que sea una tertulia de televisión más, porque el escenario es más coral y más salvaje, pero la argumentación es rutinaria: Cañamero cuenta que el SAT le visita porque este miércoles se subasta una parte de Los Carrizos, de unas 400 hectáreas, que ha sido embargada por la Audiencia Nacional por las cuentas pendientes del exbanquero con la Justicia, y el SAT y su discurso solidario, cooperativista y comunitario/comunista exigen que esa parte de la finca pase a manos de la Junta de Griñán/Valderas para integrar un banco público de tierras; Conde, por su parte, tirando de meritocracia, de esta finca me la compré con el sudor de mi “trabajo”, de esta finca se destina a producir aceite de oliva, de esta finca ya no se usa “para montar a caballo y pegar tiros”. El tertuliano, más tenso que el compañero de andanzas de Gordillo, incluso, se dirige al público señalando a los culpables: “¡Son los bancos los que están ejecutando las tierras!”.

Esta noche se han vuelto a citar en Intereconomía. No creo que se digan nada nuevo.

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La rajada de Aznar II: “Yo no estoy contra nadie; estoy con los españoles”

El presidente del Congreso, Jesús Posada, presenta junto a Aznar, Ignacio Astarloa y un profesor con poco pelo -perdón por no tomar nota del nombre- las biografías de tres de los máximos estandartes de la Restauración, régimen decimonónico, liberal y extinto, que murió de carcoma, de un tiro anarquista o de un golpe de estado, ustedes elijan. El caso, que los biografiados son Cánovas, Maura y Silvela. Jesús Posada, quien calificara a Aznar como “cosa del pasado” tras su rajada monumental en Antena 3 ante la señora de Piqué -me refiero al exministro que padeció agujetas de tanto postrarse ante Bush, no al  futbolista del Barcelona-, acoge en la institución que preside un acto de la Fundación FAES sobre tres políticos de finales del siglo XIX/principios del XX, queriendo distinguir, quizás, entre lo viejo y lo antiguo, entre el pasado que no duele y el pasado reciente que todavía, quien sabe, tiene opciones de convertirse en presente.

El Gobierno está escocido y todos sus miembros plantan al presidente de honor de su partido: el bombardeo en el canal del señor Lara fue demasiado visceral, despiadado, realista y doloroso. Ninguno de los ministros ha tomado aún la dosis adecuada de Hemoal para curar el escozor -como mucho, Ana Mato, por ser de Sanidad, pero tampoco ha hecho acto de presencia, quizás, por estar en una sesión de rayos UVA-.

Aznar llega al Congreso y Posada se retira con él previo abrazo. Al empezar la presentación de las biografías toma la palabra el presidente de la Cámara Baja, que ensalza la relevancia histórica de los biografiados; el siguiente en parlamentar es Ignacio Astarloa, que afirma que lo de Cánovas y la Restauración era “democracia”, así, tal cual, pese al caciquismo imperante, al turno de partidos, a los fraudes electorales, a la “ruleta del poder” de Ortega y Gasset, que nos lo explicaba muy bien en primero de carrera al David García y a mí el profesor Fuentes Aragoneses, genio genial complutense.

Aún así, el diputado por Madrid tiene parte de razón. Yo creo que no hemos cambiado tanto y que nuestra noción de “democracia” se asemeja bastante a la que tenían Cánovas y Sagasta -y Silvela, que no me olvido de él- hace más de un siglo. Tras Astarloa interviene el profesor con poco pelo, que no dice nada interesante y que afirma que la “España actual”  es “democrática y liberal”. Yo creo que se equivoca en las dos cosas.

Redoble de timbales, suenan las trompetas del Apocalipsis, Rajoy tira de la cadena tras sufrir un fortísimo apretón y Montoro supura veneno de sus colmillos fiscales: ha llegado la hora de Aznar. Los periodistas esperamos la rajada inmisericorde, el ataque rápido no mortal que deja a la presa mal herida y facilona para que el gran depredador acabe finalmente con ella, pero el expresidente, que el otro día fue un cubata cargado, adopta este lunes el rol de Coca Cola Light, por no citar a la infame Coca Cola Zero: la Restauración fue la leche, y blablabla, la URSS y el comunismo fueron muy malos, y blablabla, la Restauración y la Transición fueron procesos claves en nuestra Historia, y blablabla, rajada contra Zapatero -“pasamos de reconocer la pluralidad a impugnar lo que nos une; se impuso un relato de revisionismo estéril y de división”- que no interesa, porque Zapatero es, voluntaria y políticamente, un cadáver, y blablabla, y el discurso que se acaba, y Rajoy más tranquilo, de esta me libro, ay qué bien, que ya me estaban tocando en exceso las barbas las últimas portadas de El Mundo.

Aznar concluye: “Yo no estoy contra nadie; estoy con los españoles. No más que nadie, pero tanto como los demás”. Que digo yo, tan tautológico, que si los españoles están contra Rajoy y Aznar está con los españoles, blanco y en botella, aserejé. Ahora sí que hay redoble de timbales. Ahora sí que suenan las trompetas del Apocalipsis. Y Rajoy sufre otro apretón, y vuelven a volar bolígrafos sobre las cabezas en Génova, y Montoro grita en una garita del ministerio de Hacienda, y Pedro J. Ramírez se frota las manos, y yo me pongo a escribir este artículo.

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