Amistad y peste en el botellódromo de Granada

Si Madrid es la esposa paciente que me sofoca en las noches de agosto, Granada es la amante bianual que me suministra experiencias, perdón por el tópico, inolvidables, de esas que marcan tu biografía. Granada, ciudad del último rey moro llorica y de Isabel y Fernando, cuenta con una Alhambra patrimónica y universal, con una catedral imponente, con un Albaicín hippy, con 2.126 bares -un local por cada 112 granadinos, según datos de 2012- y con un número infinito de ‘shawarmas‘: restaurantes turcos, árabes y hasta indios, mucho más conocidos aquí, en los madriles, por ‘kebabs’, que sirven una carne irresistible de origen desconocido, aunque se nos dice que de pollo, de cordero o de ternera, bañada en salsas, repleta de verduras y compactada en una torta no sé si de harina, no sé si de maíz, depende del sitio, creo. Mi amigo Manolo podría marcarse un reportaje del copón sobre estos platos.

Veo más bares llenos en Granada que en Madrid. Sus terrazas no son campos de ocio callejeros para la élite -“elite”, insistía que escribiéramos una profesora de primero de carrera- y el pueblo llano las ha conquistado sin pegar tiros y sin acampadas. La culpa la tiene la oferta, sencilla, buena, bonita y barata: la mayor parte de esos dos mil y pico locales ofrecen un botellín de cerveza, o un vaso, depende, más un pincho generoso -al menos, en cantidad- por solo dos euros: mientras el bar medio de Madrid, por ese precio, te ofrece una tapa con banderillas, aceitunas o frutos secos, en Granada te sirven una hamburguesa, un plato de carne en salsa o una cazuelita con patatas al ali-oli, y olé.

Granada también cuenta con un botellódromo, un “espacio de ocio para la juventud granadina”, según declaró en 2008 el alcalde de la ciudad, el popular José Torres Hurtado. El botellódromo se ‘inauguró’ a principios del 2007, al amparo de la ‘ley-antibotellón’ autonómica, que permitía a los ayuntamientos regular y fijar espacios para estas eucaristías laicas, etílicas y pornográficas -a veces-. Con razón, pese a los escándalos de los EREs fraudulentos, los socialistas siempre ganan (las próximas también las ganarán de nuevo, ya verán) las elecciones andaluzas.. El botellódromo, decía, está situado en la zona del Hipercor y la Huerta del Rastrillo, paralelo a una de las salidas hacia la autovía A-44. En enero de 2013, el diario Ideal publicaba que el Gobierno municipal se planteaba su cierre. Mis amigos aborígenes y yo estuvimos tajándonos el fin de semana pasado y no vimos ninguna máquina demoledora ni a ningún agente de policía prohibiendo la entrada al recinto.

En el botellódromo hay bancos, poyetes y servicios invisibles. La gente suele mear en una pared con vistas a la carretera. Por lo visto, la zona se pone a reventar de jueves a sábado, de septiembre/octubre a abril/mayo, cuando los universitarios empiezan/regresan a las clases. En la fiesta de la primavera, que se celebra a finales de marzo, se han llegado a congregar hasta 25.000 personas -cifra de 2010, facilitada por un portavoz de la Policía granadina-. El calendario y la calima pegajosa nos dicen que estamos en agosto. El viernes pasado habría, como mucho, un centenar de borrachos -incluido yo, por supuesto-; el sábado había más personal. El plan prototípico es el siguiente: tomarse unas copas en el lugar y, al rato, marchar hacia una discoteca. Yo creía que las discotecas de Granada tenían mejor fama, pero mis amigos me dicen que son caras y se limitan a recomendarme la archiconocida Mae West -háganme caso: no hay una discoteca tan cojonuda en todo Madrid como esa- y el Babilonia. Las dos noches en las que salí/salimos acabamos en la primera; a la segunda quisimos ir el sábado, pero se nos torció el plan por culpa del conductor de un autobús azul que tenía un logotipo que rezaba “Mulhacén”. El tipo, en teoría, es el que ejerce de locomotora comercial borrachos-discoteca. Se bajó del vehículo muy animado -no me atrevería a decir que estaba drogado o borracho, de ahí mi prudencia-, charló con unas niñas muy guapas, subió a 4-5 al bus, y se las llevó a no sé qué plaza. Hay testigos. Viva la responsabilidad laboral.

Viernes. Llegamos al botellódromo y propongo ubicarnos en un poyete en el que hay tres niñas sentadas. Adivinen por qué. Mi amigo Enrique se da cuenta, yo me hago el longuis, y Paquillo me secunda -no por las damas, sino por que el otro está lleno de barro-. El olor a orina de borracho nos obliga a mudarnos a otro pollo. El gran Tomasín, anfitrión generoso y camarada depredador, se carga demasiado la copa y vierte un poco de ron Almirante dentro de la botella. Qué es esto, le pregunto. Bah, unas babillas, no pasa ná, me responde. De peores sitios he bebido. El sábado pongo de moda el azote pacomartinezsoriesco en el culo por un motivo que no viene a cuento. El primero en sufrirlo soy yo, me cago en la zarpa de Manolo, antes nombrado. Por su cumpleaños, Álex nos invita a tres botellas de ron y el personal le regala unas botas que tiene que descambiar; Joaquín, un barbudo de primera, nos trae a Marc, un catalán de los que caen de puta madre -del Real Madrid y todo-; Luisro cuenta chistes tan geniales como subnormales; Noora se besa con el Paquillo, que para algo son novios y se quieren; Enrique me cuenta el chiste de la noche -sobre un borracho, una rubia y un bocadillo de lomo-; Lucía, fotógrafa para la ocasión, insinúa tetas nuevas y flamantes y yo le hago una broma sobre Messi Cristiano Ronaldo, qué evidente, la hostia; Alberto Martín se tiene que ir pronto, porque la noche anterior estuvo de boda, y Alberto Santas, coladito y babeante de/por su jai, compite con Nacho en una batalla de chistes malos. Como diría Amaral: son mis amigos. Y jodó, qué nivelazo tienen.

Sobre lo ocurrido en las discotecas…, bueno, lo contaré cuando esté casado, haya sentado la cabeza y tenga un par de hijos. Será una excusa perfecta para hundir mi matrimonio.

Si es que lo llego a tener.

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